Durante milenios, los perros y los humanos han forjado un vínculo que va más allá de la costumbre o el entrenamiento. Un equipo de la Universidad de Viena ha encontrado, dentro del cerebro de catorce perros, la huella neurológica de ese lazo: cuando un perro ve una cara sonriente, su cerebro responde como si recibiera una recompensa, y puede distinguir el miedo de la tristeza, la ira de la calma. La ciencia confirma lo que muchos dueños intuían: nuestros perros no solo nos observan, nos comprenden.