En el sótano de una antigua cervecería abandonada en Sint-Gillis-Dendermonde, Bélgica, un joven obrero de dieciocho años rozó con sus manos algo que el tiempo había sepultado: cuarenta y nueve lingotes y cuatro mil monedas de oro valuados en nueve millones de euros. El hallazgo, ocurrido el 11 de agosto durante trabajos de renovación, recuerda que la historia no siempre duerme bajo tierra en silencio, sino que a veces espera a ser desenterrada por manos que no la buscaban. Ahora, la justicia belga deberá responder la pregunta que el oro no puede contestar por sí solo: ¿a quién pertenece realme