En la playa de Poniente de Gijón, seiscientos cincuenta drones convirtieron el cielo nocturno en un relato luminoso sobre identidad, memoria y anticipación. Durante veinte minutos, la ciudad contempló su propia historia proyectada entre las estrellas: la marinería que la forjó, el eclipse que se aproxima, la sidra y el mar que la definen. No fue solo un alarde tecnológico, sino un acto de reconocimiento colectivo en el que una comunidad se miró a sí misma desde las alturas.