España lidera, con casi el 80% de sus ciudadanos, un hábito que el mundo moderno ha normalizado en silencio: llevar el teléfono al baño. Lo que parece una anécdota de etiqueta social esconde, según médicos y especialistas en adicciones, consecuencias físicas medibles —como un aumento del 46% en el riesgo de hemorroides— y una señal más honda sobre la creciente incapacidad humana para habitar el silencio. En el pequeño refugio donde nadie juzga, se revela una de las tensiones más definitorias de nuestro tiempo: quién gobierna realmente nuestros impulsos.