En Craven Cottage, Enzo Fernández vivió la paradoja que solo el fútbol puede construir: silbado por quienes recuerdan su gol a Inglaterra en el Mundial, y ovacionado por quienes lo consideran suyo. El gesto de regalar su camiseta al final del partido —mientras el mercado de pases cuenta sus últimas horas— habla de un jugador que, a diferencia de otros compatriotas, no ha roto el vínculo con su afición. La pregunta que queda flotando sobre Londres no es si Enzo quiere irse, sino si el dinero decidirá por él.