En el cruce entre la disciplina antigua y la infancia contemporánea, una niña de ocho años de El Ejido viajó a Panamá y regresó campeona del mundo. Emma Rodríguez demostró ante más de mil competidores de veintiún países que el entrenamiento mental riguroso —heredado de la tradición del ábaco japonés— puede florecer incluso en los escenarios más exigentes. Su logro no es solo un título: es un recordatorio de que la concentración, cultivada desde temprana edad, sigue siendo una de las formas más profundas de libertad humana.