En Lima, el 26 de julio, la coalición fujimorista conquistó la presidencia del Senado peruano por un margen de un solo voto, en un Parlamento matemáticamente dividido entre dos bloques de igual peso. El silencio de una senadora progresista al no exhibir su papeleta abrió una grieta de sospechas que ninguna declaración ha logrado cerrar del todo. Este episodio inaugural revela que el nuevo Senado peruano nace no como escenario de consenso, sino como campo de batalla donde la desconfianza puede pesar tanto como los votos.