Cada verano, cuando las oficinas se vacían y los equipos de TI trabajan con la mitad de sus recursos, las empresas se enfrentan a una verdad incómoda: su infraestructura digital era más frágil de lo que parecía. No son grandes catástrofes las que revelan estas grietas, sino pequeñas fricciones cotidianas que, multiplicadas por decenas de empleados dispersos geográficamente, erosionan en silencio la productividad y la confianza en la tecnología. El verano, más que una amenaza, actúa como espejo: muestra si una organización ha construido sistemas verdaderamente resilientes o si su funcionamiento