Las brujas no han vuelto porque nunca se fueron
Las brujas históricamente perseguidas reaparecen en la literatura actual como arquetipos de mujeres con voz propia que desafiaban los cánones patriarcales. Las autoras utilizan mitologías reales gallegas y catalanas para explorar temas de poder, lenguaje, comunidad y la transformación de símbolos ancestrales en narrativas contemporáneas.
- Decenas de miles de mujeres fueron ejecutadas entre los siglos XV y XVII durante la caza de brujas europea
- Nerea Pallares publica Punto de araña basado en las palilleiras de la Costa da Morte gallega
- Roser Cabré-Verdiell publica Que mueran los hijos de los demás ambientado en Ocata, donde termina el Meridiano Verde
- Alana S. Portero escribirá una novela sobre diecisiete mujeres asesinadas en Guillena, Sevilla, como novela de brujas
Escritoras españolas como Nerea Pallares, Roser Cabré-Verdiell y Alana S. Portero reclaman a las brujas como mujeres sabias en novelas que conectan el folclore ancestral con la reivindicación contemporánea del poder femenino y la insubordinación.
Hace cinco siglos, entre los siglos XV y XVII, decenas de miles de personas fueron ejecutadas en Europa acusadas de brujería. La mayoría eran mujeres. Muchas de ellas eran curanderas y mujeres instruidas en saberes ancestrales y medicina natural, conocimientos que la moral cristiana transformó en amenaza. Fueron perseguidas con saña en toda Europa, aunque en España la cacería fue menos intensa; aun así, algunos de los asesinatos más antiguos y significativos ocurrieron en los Pirineos.
Hoy, cinco siglos después, las brujas regresan. No como fantasmas, sino como personajes literarios que encarnan una pregunta más profunda: ¿qué significa ser una mujer con voz propia en un mundo que históricamente ha castigado la insubordinación femenina? Un fenómeno cultural está tomando forma en la literatura española contemporánea, donde escritoras como Nerea Pallares, Roser Cabré-Verdiell y Alana S. Portero recuperan estas figuras del folclore para hablar del presente. La fotógrafa Judith Prat ha publicado un fotolibro titulado Brujas por La Fábrica que rastrea los lugares y tradiciones que dejaron huella en el paisaje, dialogando entre el pasado y ahora. Pero Prat no está sola en esta inquietud. Irene Solà publicó Canto yo y la montaña baila y Te di ojos y miraste las tinieblas, ambos por Anagrama, explorando la caza de brujas y las figuras femeninas de la mitología pirenaica. Pallares acaba de lanzar Punto de araña por Libros del Asteroide, mientras que Cabré-Verdiell publicó Que mueran los hijos de los demás por Alpha Decay.
En Punto de araña, Pallares parte de un oficio ancestral: las palilleiras de la Costa da Morte, mujeres que durante siglos tejieron encaje en Galicia. Su novela sigue a una joven que llega a Camariñas para dirigir un museo de encaje y trabajar como guía turística. El tejido, en manos de Pallares, se convierte en lenguaje, en un acto creador que mueve el mundo. Las mujeres tejedoras son invisibles, no reconocidas, pero imprescindibles. Cuando un suceso trágico las mueve a la ira, invocan a las tres deidades locales: las Señoras de Costa da Morte, dueñas del océano y el encaje. Son tejedoras que conectan con arquetipos antiguos, desde la diosa Macha de las leyendas irlandesas hasta las Moiras, Parcas y Nornas, todas ellas ligadas al hilo y a la creación de lo existente.
En contraste, Cabré-Verdiell construye su novela sobre el miedo. Rebeca, una mujer de cuarenta años paralizada por la angustia de que algo terrible suceda a ella o a sus dos hijos, se muda a Ocata, una zona de paso en El Maresme de Barcelona. Desde allí, su trauma oscila entre la paranoia y el poder de una verdadera hechicera. Cabré-Verdiell se obsesionó con esta zona porque descubrió que es donde termina el Meridiano Verde, la línea que sigue el meridiano de París desde Dunkerque hasta la playa de Ocata. Aunque inventó un folclore que no existe en el lugar, se sirve de elementos reales de la cultura local, como los rituales de purificación mediante el fuego, para resignificarlos. Usa la brujería como una lente que deforma la realidad, permitiéndole hablar de lo que la sociedad acepta y lo que rechaza.
Pallares explica que estas historias funcionan hoy como siempre lo han hecho: ofrecen una aproximación a una verdad esencial. El pensador rumano Mircea Eliade decía que el mito revela un misterio. En una época dominada por la razón lógica, quizás no estamos tan abiertos a este tipo de conocimiento, aunque sea valioso. Ambas autoras se sirven de mitologías reales para reconstruir narrativas que sirven a sus intereses literarios. Pallares subraya que no se trata simplemente de folclore, sino de sincretismo: cómo los antiguos ritos paganos se llenaron de nuevo contenido con la llegada del cristianismo, y cómo los símbolos cristianos se fusionaron con los que ya existían. Lo que le interesa es fijar la atención en las creencias arcaicas, porque cree que son las que mejor ayudan a entender la cultura de un pueblo y sus formas originarias de buscar explicaciones del mundo.
Cabré-Verdiell añade que en momentos de crisis de fe generalizada y de hiperrrealismo, los rituales cobran mucha más fuerza. Cuando la gente está más perdida, más ritual necesita. Las leyendas se transforman constantemente, pero siguen hablando de la naturaleza humana tal como lo hacían hace siglos. Alana S. Portero, autora de La mala costumbre, ha caído también bajo el hechizo de estas figuras. Escribirá una próxima novela sobre el asesinato de diecisiete mujeres en el pueblo sevillano de Guillena, pero como una novela de brujas. Se pregunta si fue por eso por lo que las perseguían. Quería escribir una novela gótica y cree haber encontrado el tema y el lugar para traerla a la cultura española y a sus heridas.
Pero ¿qué significa realmente recuperar a las brujas? Pallares lo ve claro: lo incómodo era, y sigue siendo, las mujeres que tenían voz y manifestaban deseo propio. La filósofa feminista Silvia Federici analiza cómo la sátira social fue un mecanismo para mantener a raya a todas las mujeres que se expresaban. La esposa desobediente, la regañona, la puta y la bruja eran categorías para señalar y ridiculizar a las insubordinadas. Hoy, ser tachada de histérica o intensa funciona de manera similar. El sistema, según Pallares, asimila la transgresión para volverla un producto y domesticarla. Pero lo que estas escritoras están haciendo bien es volver a los espacios de reunión, buscar lugares para estar juntas y compartir lo que sucede.
Cabré-Verdiell subraya que las brujas no han vuelto porque nunca se fueron. Entiende la figura de la bruja como una mujer sabia, y la literatura de Mercè Rodoreda ya está llena de esas mujeres. La brujería, para ella, es esa mujer que no sigue los cánones impuestos, que se reinventa, se reencarna en otras vidas, que busca su propio camino. Pallares, por su parte, sugiere que los arquetipos nunca desaparecen, solo mutan. Toda época da forma a sus propios monstruos. Si entendemos la bruja como una categoría referida a la feminidad indócil o incluso a lo monstruoso, quizás hoy pueda tomar forma en el ciborg que proponía Donna Haraway, una alteridad frente a la feminidad hegemónica. Lo más interesante que se puede hacer con un símbolo es apropiarse de él y transformarlo: ironizando, invirtiéndolo, haciendo lo que sea necesario para que hable de otra manera.
Notable Quotes
El mito revela un misterio. Estas historias nos ayudan hoy igual que siempre: tratan de ser una aproximación a una verdad esencial— Nerea Pallares
Yo entiendo la brujería como esa mujer que no sigue los cánones impuestos, que se reinventa, se reencarna en otras vidas o que busca su propio camino— Roser Cabré-Verdiell
The Hearth Conversation Another angle on the story
¿Por qué crees que las brujas regresan ahora, en este momento específico, a la literatura?
Porque vivimos en una crisis de fe. Cuando la gente está perdida, busca rituales, explicaciones que vayan más allá de lo racional. Las brujas representan ese conocimiento ancestral que el sistema rechazó.
Pero estas novelas no son libros de magia literal. ¿Qué hacen realmente con la figura de la bruja?
La transforman en un espejo. Usan la brujería como una lente que deforma la realidad para hablar de lo que la sociedad acepta y lo que rechaza. Es una forma de decir: mira lo que consideramos monstruoso, mira a quién llamamos peligroso.
Mencionas que lo incómodo siempre fue la mujer con voz propia. ¿Eso no ha cambiado?
Ha cambiado de forma. Antes era la bruja quemada en la hoguera. Ahora es la mujer tachada de histérica o intensa. El sistema asimila la transgresión y la convierte en producto, la domestica. Pero lo que importa es que seguimos buscando espacios para estar juntas.
¿Entonces estas novelas son políticas?
Son políticas en el sentido más profundo. No gritan consignas. Simplemente recuperan a las mujeres sabias que siempre fueron, las que tejían el mundo, las que sanaban, las que tenían conocimiento. Y al hacerlo, cuestionan quién decide qué es peligroso y qué es seguro.
¿Y la mitología gallega y catalana? ¿Por qué esos lugares específicos?
Porque allí el sincretismo es visible. Los antiguos ritos paganos se fusionaron con el cristianismo. Las deidades locales siguen vivas en la memoria. Son lugares donde el pasado no está completamente muerto, donde la bruja nunca se fue del todo.
¿Qué esperas que el lector sienta al terminar estas novelas?
Que entienda que la brujería no es magia, es resistencia. Es la mujer que se reinventa, que busca su propio camino, que no sigue los cánones. Y que eso, hoy, sigue siendo incómodo.