El polen debilita la defensa contra el coronavirus, según un estudio global

El polen elimina nuestra primera línea de defensa, seas alérgico o no
Un alergólogo destaca el hallazgo clave del estudio: el efecto del polen afecta a todas las personas, independientemente de si padecen alergias.

En los primeros meses de la pandemia, cuando la primavera llenaba el aire de granos invisibles, un equipo internacional de investigadores descubrió que el polen no era un espectador inocente: analizando casi 250 estaciones aerobiológicas en 31 países, hallaron que cada aumento significativo de polen en el ambiente precedía un repunte de contagios de COVID-19 días después. El hallazgo no distingue entre alérgicos y no alérgicos, pues el material polínico parece silenciar los interferones, esa primera alarma del sistema inmunológico que decide si el cuerpo puede defenderse a tiempo. La naturaleza, una vez más, revela que sus ciclos y los nuestros están entrelazados de maneras que apenas comenzamos a comprender.

  • Por cada 100 granos de polen adicionales por metro cúbico de aire, los contagios de COVID-19 subían un 4% apenas tres o cuatro días después, un patrón que se repitió en casi todas las zonas estudiadas de Europa.
  • El mecanismo es más inquietante que una simple alergia: el polen desregula genes de defensa antiviral en cualquier persona, reduciendo la producción de interferones que actúan como la primera señal de alarma del sistema inmunológico.
  • Varios expertos cuestionan la cronología del estudio, señalando que en España regiones con alta concentración de polen no mostraron los picos de contagio esperados, y que las curvas de polinización y de infección no siempre coinciden.
  • El cambio climático complica aún más el panorama: las temporadas de polen se han alargado y adelantado en décadas recientes, lo que podría estar redibujando patrones que la ciencia tradicional no anticipaba.
  • Las mascarillas y el confinamiento actuaron como variables que amortiguaron o distorsionaron el efecto del polen, recordando que el contacto interpersonal sigue siendo el factor dominante en la transmisión del virus.

Un equipo internacional analizó datos de casi 250 estaciones aerobiológicas en 31 países durante los primeros meses de la pandemia, cuando la primera ola de contagios coincidió con la temporada de polinización primaveral. Los resultados, publicados en PNAS, apuntan a que el polen debilita la primera línea de defensa inmunológica contra virus respiratorios, sin importar si la persona es alérgica o no.

La correlación es contundente: por cada aumento de 100 granos de polen por metro cúbico, los casos de COVID-19 crecían un 4% tras tres o cuatro días. La botánica María del Mar Trigo, de la Universidad de Málaga y coautora del estudio, lo describe con sencillez: cuando sube el polen, suben los contagios. El patrón fue casi universal en las zonas estudiadas, con la excepción del hemisferio sur, donde era otoño y la concentración polínica era naturalmente baja.

La explicación biológica se apoya en investigaciones previas de Stefanie Gilles, otra coautora. Sus experimentos mostraron que el extracto de polen de abedul desregula genes de defensa antiviral incluso en personas sin alergias, reduciendo la producción de interferones, las proteínas que dan la primera alarma al sistema inmunológico. Sin esa señal temprana, el cuerpo no puede organizar una respuesta a tiempo.

No todos los especialistas están convencidos. El alergólogo Ángel Moral señala que la primera ola mejoró en mayo, justo cuando hay más polen, y que regiones españolas con alta concentración polínica no registraron los repuntes esperados. En cambio, su colega Javier Subiza valora el estudio y ofrece una clave adicional: el cambio climático ha adelantado y alargado las temporadas de polen en décadas recientes, lo que podría explicar patrones que no encajan con el calendario tradicional.

Los propios autores reconocen los límites del trabajo. El confinamiento interrumpió la recolección de datos en muchas estaciones, aunque también permitió usarlo como variable de control. Las mascarillas, adoptadas masivamente tras la primera ola, habrían amortiguado el efecto del polen como vía de exposición respiratoria. Y, sobre todo, recuerdan que el contacto interpersonal sigue siendo el factor determinante en la propagación del virus; el polen es un elemento secundario, aunque ya no del todo ignorable.

Un equipo internacional de investigadores ha identificado una conexión inesperada entre la cantidad de polen en el aire y la propagación del coronavirus. El hallazgo proviene de un estudio que analizó datos de casi 250 estaciones aerobiológicas distribuidas en 31 países durante los primeros meses de la pandemia, cuando coincidieron la primera ola de contagios con el inicio de la temporada de polinización primaveral. Los resultados, publicados en la revista científica PNAS, sugieren que el material polínico debilita la primera línea de defensa del cuerpo contra los virus respiratorios, independientemente de si la persona sufre alergias o no.

La correlación es clara en los números: por cada aumento de 100 granos de polen por metro cúbico de aire, los investigadores observaron un incremento del 4% en el número de casos de COVID-19 después de tres o cuatro días. María del Mar Trigo, botánica y fisióloga vegetal de la Universidad de Málaga y coautora del estudio, lo resume de manera directa: cuando sube el polen, suben los contagios; cuando baja, descienden. El patrón se repitió en casi todas las zonas estudiadas, la mayoría de ellas en Europa. La única excepción fueron las estaciones ubicadas en el hemisferio sur, donde era otoño durante las mediciones y la concentración de polen era naturalmente baja.

Para llegar a estas conclusiones, Trigo y sus colegas superpusieron los datos diarios de concentración de polen de 248 estaciones con los registros de contagios en las zonas geográficas más cercanas. En el caso de Málaga, por ejemplo, compararon las estadísticas del área metropolitana. Las estaciones aerobiológicas capturan partículas del aire —polen, bacterias, polvo— que luego son identificadas en laboratorio. El trabajo fue desafiante: muchos investigadores tuvieron que interrumpir la recolección de datos debido al confinamiento, pero algunos, como Trigo, obtuvieron permisos especiales para continuar. Incluso llevaron microscopios a sus casas para seguir analizando muestras.

La pregunta fundamental es por qué el polen afecta la defensa contra virus respiratorios. Los autores del estudio se apoyan en investigaciones previas de Stefanie Gilles, una de las coautoras, publicadas en 2019. Gilles y su equipo descubrieron que cuando se expone a personas no alérgicas a extracto de polen de abedul en la nariz, muchos genes involucrados en la defensa antiviral se desregulan. El resultado es una disminución en la producción de interferones antivirales, proteínas que actúan como la primera alarma del sistema inmunológico. En experimentos con células humanas y ratones, el polen facilitó la replicación de rinovirus y del virus sincitial respiratorio. Aunque aún no saben qué componente específico del polen causa este efecto, saben que no es el mismo que provoca reacciones alérgicas.

La inmunóloga Yvelise Barrios, del Hospital Universitario de Canarias, explica la importancia de estos interferones: dan la primera señal de alarma y reclutan otros elementos del sistema inmunológico innato. Sin ellos, el cuerpo no puede generar una respuesta a tiempo. Sin embargo, advierte que los estudios sobre esta conexión son muy recientes y aún hay mucho por entender.

No todos los expertos están convencidos. El alergólogo Ángel Moral cuestiona la cronología del estudio. Señala que en el hemisferio norte la mayor concentración de polen ocurre en primavera, pero el estudio midió principalmente en invierno. Además, la primera ola mejoró en mayo, precisamente cuando hay más polen en el aire. Moral menciona ejemplos españoles: Extremadura, donde hay la mayor concentración de polen de gramíneas, registró pocos contagios, y Jaén, con altas concentraciones de polen de olivo en mayo y junio, no mostró un aumento de casos en esa época. Para él, simplemente las curvas no coinciden.

Su colega Javier Subiza, sin embargo, considera el trabajo muy importante. Reconoce que durante las temporadas de polen sus pacientes se resfriaban más, pero se asumía que era un efecto secundario de la alergia. Este estudio sugiere algo distinto: el polen elimina la primera línea de defensa de todos, alérgicos o no. Subiza también ofrece una perspectiva sobre la asincronía temporal: en las últimas décadas, los pólenes de invierno han aumentado significativamente debido al cambio climático. Los cipreses han adelantado su temporada de polinización casi dos meses y la han extendido otro mes más. El plátano de sombra, un generador importante de polen en ciudades como Madrid y Barcelona, ha adelantado su momento de polinización cinco días desde 1980. El cambio climático está alargando las épocas de polen, lo que podría explicar patrones que no encajan con la comprensión tradicional de las temporadas.

Athanasios Damialis, responsable del área de aerobiología de la Universidad Técnica de Múnich, reconoce que el confinamiento fue un contratiempo, pero también permitió introducirlo como variable en el estudio y enfocarse en el período en que coincidieron la primera ola y la concentración de polen. Para reforzar sus resultados, comprobaron que donde se intensificaba el confinamiento, la variación paralela entre polen y contagios se debilitaba. Damialis también señala que continuar el estudio con datos de verano no habría tenido sentido: el fin del confinamiento, la reapertura de fronteras y escuelas, y el aumento de viajes habrían oscurecido la influencia del polen. Además, en zonas mediterráneas como la mayoría de España, las altas temperaturas y la sequía podrían haber eliminado el efecto del virus sin importar otros factores. Hay otro detalle crucial: las mascarillas. Su uso generalizado después de la primera ola habría desvirtuado el efecto del polen como defensa respiratoria. Los autores del estudio recuerdan finalmente que el factor clave siempre ha sido el contacto interpersonal; la concentración de polen es un elemento secundario.

Cuando aumenta el polen, suben los contagios. Y cuando baja su concentración, descienden
— María del Mar Trigo, botánica de la Universidad de Málaga
Si rociamos extracto de polen de abedul en la nariz de personas no alérgicas, muchos genes involucrados en la defensa contra los virus se desregulan
— Stefanie Gilles, investigadora de la Universidad Técnica de Múnich
The Hearth Conversation Another angle on the story
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¿Por qué un estudio sobre polen y coronavirus genera tanta controversia entre los expertos?

Model

Porque toca un punto delicado: sugiere que algo tan cotidiano como el polen debilita nuestras defensas contra virus respiratorios, incluso si no somos alérgicos. Eso cambia cómo entendemos la vulnerabilidad.

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Pero algunos alergólogos dicen que las fechas no cuadran. ¿Cómo responden los autores?

Model

Reconocen que el estudio se limitó a los primeros meses de la pandemia, cuando coincidieron la primera ola con el inicio de la polinización primaveral. Después, todo cambió: confinamiento, mascarillas, reaperturas. El efecto del polen se diluyó en el ruido de otros factores.

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¿Entonces el estudio es débil?

Model

No exactamente. Los números son claros: 248 estaciones en 31 países, correlación casi universal. Pero es un retrato de un momento muy específico. Lo que falta es entender si ese efecto persiste cuando la vida vuelve a la normalidad.

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¿Qué es lo que el polen realmente hace al cuerpo?

Model

Desregula genes de defensa antiviral. Reduce la producción de interferones, que son como las alarmas del sistema inmunológico. Sin ellas, el cuerpo no se da cuenta de que está siendo atacado hasta que es demasiado tarde.

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¿Y esto afecta a todos o solo a alérgicos?

Model

A todos. Ese es el hallazgo más inquietante. El componente del polen que causa esto no es el mismo que provoca alergias. Puedes no tener alergia y aun así tener tus defensas debilitadas.

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¿Qué viene ahora?

Model

Los investigadores están revisando datos de otros períodos y lugares para ver si el patrón se repite. Pero también está el cambio climático: las temporadas de polen se están alargando y adelantando. Eso podría significar que estamos expuestos a más polen durante más tiempo cada año.

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