El Albertina celebra 250 años: el 'pequeño milagro' de una colección nacida del amor

Su pasión por el arte influenció enormemente en el joven Alberto
El director del Albertina explica cómo María Cristina inspiró la colección que lleva el nombre de su esposo.

En el corazón de Viena, un museo que lleva el nombre de un hombre cumple 250 años guardando un secreto a plena luz: fue una mujer, la archiduquesa María Cristina, quien encendió la llama de lo que hoy es una de las colecciones de arte más vastas del mundo. Lo que comenzó como un gesto de amor —un dibujo copiado de Van Dyck, regalado al esposo que prefería los cuadros a la caza— sobrevivió revoluciones, guerras napoleónicas y bombardeos de la Segunda Guerra Mundial para convertirse en patrimonio de toda la humanidad. El Albertina celebra su aniversario no solo contando cuánto ha acumulado, sino reconociendo a quién ha silenciado durante demasiado tiempo.

  • Una exposición aniversario desafía el relato oficial: el museo lleva el nombre de Alberto, pero fue María Cristina quien aportó el dinero, el entusiasmo y la visión fundacional de la colección.
  • La colección nació de 10.000 piezas adquiridas en 1775 por 8.600 florines y creció, a través de siglos de turbulencia europea, hasta superar el millón de obras.
  • Guerras, revoluciones y bombardeos pusieron a prueba la supervivencia del acervo; solo una evacuación meticulosa hacia minas de sal y bóvedas bancarias salvó las obras de la destrucción en 1945.
  • El director Ralph Gleis reconoce abiertamente el borrado histórico de María Cristina y convierte la exposición en un acto de reparación institucional y memoria justa.
  • La muestra abre y cierra con obras de mujeres artistas, trazando un arco deliberado desde el siglo XVIII hasta el presente como declaración de intenciones hacia el futuro del museo.

En Viena, un museo que lleva el nombre de un hombre celebra 250 años de existencia con una historia que en realidad comienza con una mujer. La archiduquesa María Cristina —Mimi, hija favorita de la emperatriz María Teresa I— fue la única de sus hermanos a quien se permitió casarse por amor. Cuando su esposo Alberto de Sajonia-Teschen mostró más interés en los cuadros flamencos que en la caza, ella le regaló un dibujo propio copiado de Van Dyck. Ese gesto íntimo fue el primer acto de lo que se convertiría en una de las colecciones de arte más poderosas del mundo.

La exposición 'Coleccionar para el futuro' no es un desfile de obras maestras, sino la biografía turbulenta de cómo nació y sobrevivió esta colección. Ralph Gleis, director del Albertina, reconoce que el museo busca enmendar un borrado histórico: fue María Cristina quien aportó la fortuna familiar para las primeras adquisiciones y cuyo entusiasmo inspiró a Alberto. Cuando ella murió, él continuó ampliando la colección como forma de mantener vivo ese amor. El 4 de julio de 1775, el experto Giacomo Durazzo presentó a la pareja una selección de 10.000 piezas por 8.600 florines. En 250 años, esa semilla creció hasta superar el millón de obras.

La verdadera prueba llegó con la historia de Europa. La colección viajó por Venecia, Bratislava, Bruselas y Dresde antes de instalarse en Viena, y luego sobrevivió la Revolución Francesa, las guerras napoleónicas y la caída de los Habsburgo en 1919. Durante la Segunda Guerra Mundial enfrentó su mayor desafío: a partir de 1939, las obras fueron evacuadas a las bóvedas del Reichsbank y a las minas de sal de Ischl-Lauffen. La decisión fue acertada: en 1945, una bomba estadounidense causó graves daños al edificio. Si la colección hubiera permanecido allí, habría sido destruida.

Gleis llama a esto un pequeño milagro de la conservación, fruto no de la suerte sino de la previsión meticulosa a lo largo de siglos turbulentos. La exposición cierra con obras de la artista italiana Rosa Barba, incluyendo una pieza creada expresamente para el aniversario. Es una decisión deliberada: la muestra comienza y termina con una mujer, cerrando el círculo que María Cristina abrió hace 250 años y apuntando hacia el futuro que el museo quiere construir.

En Viena, un museo que lleva el nombre de un hombre celebra este año 250 años de existencia. Pero la verdadera historia comienza con una mujer que no aparece en el título: la archiduquesa María Cristina, llamada Mimi, hija favorita de la emperatriz María Teresa I de Austria. A diferencia de sus hermanos, se le permitió casarse por amor. En el siglo XVIII, cuando su esposo Alberto de Sajonia-Teschen mostró más interés en los cuadros flamencos que en la caza, ella le escribió con una mezcla de humor y complicidad. Le regaló un dibujo que había hecho ella misma, copiando una obra del maestro Van Dyck. Ese gesto, aparentemente íntimo, fue el primer acto de lo que se convertiría en una de las colecciones de arte más poderosas del mundo.

La exposición "Coleccionar para el futuro" que marca este aniversario no pretende ser un desfile de obras maestras. En cambio, cuenta la biografía turbulenta de cómo nació esta colección y cómo sobrevivió. Ralph Gleis, director del Albertina, explica que el museo quiere enmendar un borrado histórico sistemático: María Cristina fue quien aportó la fortuna familiar que permitió las primeras adquisiciones, y su entusiasmo personal fue lo que inspiró a Alberto. Cuando ella murió, él continuó ampliando la colección como una forma de mantener vivo ese amor. "Su pasión por el arte influenció enormemente en el joven Alberto", dice Gleis ante La liebre, el dibujo de Alberto Durero de 1502, una de las piezas más frágiles y valiosas del museo.

El 4 de julio de 1775, un experto en arte llamado Giacomo Durazzo presentó a la pareja una selección de 10.000 piezas, principalmente grabados e ilustraciones. María Cristina pagó 8.600 florines por ellas. La idea era ambiciosa: resumir la historia completa de la pintura a través del arte gráfico. Esas 90 obras que ahora se exhiben en la primera sala de la muestra son apenas una fracción de lo que la colección se convertiría. En 250 años, creció hasta superar el millón de piezas. El museo recibe 1,3 millones de visitantes al año y se autofinancia en un 60 por ciento.

Pero la verdadera prueba de fuego llegó con la historia de Europa. Las obras viajaron con la pareja por toda Europa, de Venecia a Bratislava, Bruselas y Dresde, antes de instalarse finalmente en Viena. Luego vinieron la Revolución Francesa, las guerras napoleónicas, y finalmente las dos guerras mundiales. Cuando la dinastía de los Habsburgo cayó en 1919, el museo pasó a manos de la República austriaca. Durante la Segunda Guerra Mundial, enfrentó su mayor desafío: evacuar sus fondos antes de que los bombardeos destruyeran todo.

A partir de 1939, las obras maestras comenzaron a trasladarse a lugares seguros. Algunas fueron a las bóvedas del Reichsbank en Viena, hoy el Banco Nacional de Austria. Otras fueron a las minas de sal de Ischl-Lauffen, donde el clima controlado y la profundidad subterránea ofrecían protección. La decisión fue acertada. En 1945, poco antes del final de la guerra, una bomba de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos causó graves daños al edificio del museo. Si la colección hubiera permanecido allí, habría sido destruida. En cambio, sobrevivió intacta.

Gleis describe esto como "un pequeño milagro" de la conservación artística. No fue suerte, sino previsión y cuidado meticuloso a lo largo de siglos turbulentos. La exposición termina con obras de la artista italiana Rosa Barba, incluida una pieza creada expresamente para este aniversario llamada Private Metaphysics. Es una decisión deliberada: la muestra comienza y termina con una mujer, una forma de cerrar el círculo que comenzó con María Cristina hace 250 años, y también de apuntar hacia el futuro del museo.

No queríamos simplemente recopilar las obras maestras de la colección. La idea esta vez es contar la historia de cómo se recolectó lo que se recolectó, quién lo recolectó y cómo se puede compartir arte en distintas etapas de la historia
— Ralph Gleis, director del Albertina
Es una forma de que la exposición comience y termine con una mujer. Y también de hacer referencia al futuro del museo
— Ralph Gleis, sobre la inclusión de obras de Rosa Barba
La Conversación del Hearth Otra perspectiva de la historia
Inventor

¿Por qué el museo lleva solo el nombre de Alberto si María Cristina fue tan fundamental en su creación?

Model

Porque así funcionaba la historia. Las mujeres aportaban el dinero, la visión, la pasión, pero los hombres recibían el crédito. El museo quiso enmendar eso con esta exposición, reivindicando su rol real.

Inventor

¿Qué hace que una colección de grabados e ilustraciones sea tan valiosa?

Model

La idea detrás de ella. No era acumular por acumular. Era contar la historia completa de la pintura a través del arte gráfico. Eso requería una visión clara y una fortuna considerable para ejecutarla.

Inventor

¿Cómo se protege algo tan frágil como La liebre de Durero durante una guerra?

Model

Sacándolo del edificio. El dibujo no salió de Viena desde 1796 hasta 2005, cuando fue a Madrid. Eso fue controversial. Imagina lo que habría pasado si hubiera estado en el museo cuando cayó la bomba en 1945.

Inventor

¿El museo podría haber desaparecido?

Model

Completamente. Sin esas evacuaciones a las minas de sal y las bóvedas bancarias, habría sido destruido. Fue una decisión que salvó un millón de obras de arte.

Inventor

¿Qué significa que la exposición termine con una artista contemporánea?

Model

Que el museo no es un mausoleo del pasado. Es una institución viva que mira hacia adelante. Rosa Barba representa eso: el futuro, y también el hecho de que las mujeres artistas ahora tienen un lugar en la narrativa.

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