Durante más de un mes, México abrió sus estadios al mundo con la esperanza de que el fútbol pudiera hacer lo que la política económica no había logrado: reactivar una economía en contracción. El torneo dejó destellos de alegría en las gradas y en el sector del entretenimiento, pero los números finales revelaron una verdad que los economistas ya anticipaban: los grandes eventos no reemplazan a las condiciones estructurales. Con una contribución al PIB de apenas 0.4 a 0.5 por ciento y una derrama muy inferior a la prometida, el Mundial confirmó que el verdadero partido económico de México se jue