Una de cada cuatro personas en el mundo carga con una enfermedad que rara vez anuncia su presencia: el hígado graso. En ese silencio clínico, la ciencia nutricional encuentra en el kiwi un aliado modesto pero significativo, capaz de contribuir —junto a la dieta, el movimiento y la supervisión médica— a revertir una acumulación que, ignorada, puede derivar en daño irreversible. Es el recordatorio de que los cambios más profundos en la salud suelen comenzar con gestos cotidianos y pequeños.