El virus del herpes labial no desaparece tras la primera infección: se refugia en el ganglio del nervio trigémino, en la base del cráneo, apagando casi todos sus genes para volverse invisible al sistema inmunológico. Allí permanece dormido durante años, esperando que el estrés, el sol o una fiebre abran una grieta en las defensas del cuerpo. Esta capacidad de hibernación molecular explica por qué millones de personas conviven toda su vida con un huésped que nunca se va, y por qué la ciencia aún no ha encontrado la manera de expulsarlo.