El país crece, pero yo no me he subido en ese ascensor
España exhibe cifras macroeconómicas envidiables, pero el economista Pablo Gil revela una paradoja que millones de ciudadanos conocen en carne propia: el crecimiento del PIB no garantiza que cada persona viva mejor. Entre 2020 y 2026, la inflación acumulada del 25% ha devorado los aumentos salariales del 10%, dejando a la mayoría con un 15% menos de poder adquisitivo real. Es la vieja distancia entre la tarta que crece y el pedazo que a cada uno le corresponde.
- Los precios de los bienes más básicos —alimentos, gasolina y vivienda— han subido entre un 30% y un 36%, triplicando en algunos casos el crecimiento de los salarios.
- Quienes no poseen activos financieros ni inmuebles quedan atrapados en una doble trampa: no se benefician de la revalorización de los activos, pero sí absorben toda la presión inflacionaria en su consumo diario.
- El sistema fiscal, al no ajustarse a la inflación, extrae más impuestos en términos nominales sin que los ingresos reales de los ciudadanos hayan crecido, apretando aún más la economía doméstica.
- Las previsiones apuntan a que la brecha entre el crecimiento macroeconómico y el bienestar real de la mayoría seguirá ensanchándose, convirtiendo el estancamiento en una tendencia estructural y no en un episodio pasajero.
España presume de un PIB que crece más que casi cualquier país europeo, pero el economista Pablo Gil advierte de una brecha profunda entre lo que cuentan las estadísticas y lo que experimenta la gente en su vida cotidiana. Su argumento central es tan sencillo como revelador: el PIB mide el tamaño de la tarta, pero lo que importa es el pedazo que le toca a cada ciudadano. Y ese pedazo, la renta per cápita real, no ha crecido al mismo ritmo. Cuando la economía se expande porque hay más trabajadores —por ejemplo, a través de la inmigración—, la tarta total se agranda sin que la porción individual de quienes ya estaban mejore necesariamente.
A esa primera frustración se suma una segunda, más estructural: los beneficios del crecimiento no se distribuyen por igual. Quienes tienen capital para invertir en bolsa o en inmuebles se protegen de la inflación e incluso se enriquecen. Pero la mayoría de los españoles no dispone de esa red. Para ellos, la inflación es pura pérdida: entre 2020 y 2026, los salarios subieron un 10% mientras los precios acumularon un alza del 25%, lo que se traduce en una caída del poder adquisitivo del 15%. Los productos de primera necesidad golpearon con especial dureza: los alimentos encarecieron un 36%, la gasolina un 35% y la vivienda un 30%.
Gil añade un tercer elemento que agrava el cuadro: el sistema fiscal no se ha adaptado a la inflación, de modo que los ciudadanos pagan más impuestos en términos nominales sin haber ganado más en términos reales. El resultado es una presión simultánea desde varios frentes: salarios que no alcanzan, precios que no paran de subir y una carga fiscal que crece en silencio. El país anuncia crecimiento mientras millones de personas comprueban, mes a mes, que les cuesta más llegar a fin de mes. Según las propias previsiones que maneja el economista, la tendencia no apunta a mejorar. Para una parte importante de la población española, el crecimiento económico ocurre en un país paralelo al que, de momento, no han logrado acceder.
España presume de números que suenan bien. El PIB crece más que casi cualquier país europeo, incluso más que Estados Unidos. Los titulares hablan de recuperación, de momento económico favorable, de un país que avanza. Pero hay un problema: la mayoría de los españoles no siente ese avance en sus bolsillos. Esa brecha entre lo que dicen las estadísticas macroeconómicas y lo que experimenta la gente en su día a día es el punto de partida del análisis del economista Pablo Gil, quien ofrece una explicación clara de por qué el crecimiento no llega a donde importa.
Gil recurre a una comparación simple pero efectiva: el PIB es el tamaño de la tarta, pero lo que realmente te importa es el pedazo que te toca. Ese pedazo es la renta per cápita, la parte real que cada ciudadano recibe. Aquí está el primer problema. Cuando la tarta crece, muchas personas asumen automáticamente que su porción también crecerá. Pero eso no es necesariamente cierto. La tarta puede expandirse simplemente porque hay más gente contribuyendo a su elaboración. El economista pone un ejemplo concreto: la inmigración. Cuando llegan nuevos trabajadores que participan en la economía, la tarta total se hace más grande, pero el pedazo individual de cada ciudadano anterior permanece igual. O incluso se reduce. Para alguien que no ha visto aumentar sus ingresos reales, la sensación es clara: el país crece, pero yo no.
Este es el primer punto de frustración que Gil identifica. Pero hay más. La segunda frustración surge de la desigualdad en cómo se distribuyen los beneficios del crecimiento. Si tienes dinero para invertir en inmuebles o en bolsa, los aumentos de precios en esos activos te protegen de la inflación e incluso te enriquecen. Pero la mayoría de los españoles no está en esa posición. Muchos ni siquiera poseen una vivienda propia. Para ellos, la ecuación es brutal: no se benefician de la subida de precios en activos, pero tienen que pagar precios cada vez más altos en lo esencial: comida, gasolina, alquiler. Como dice Gil, a esa gente "le las pegan todas".
Los números que el economista aporta dan forma concreta a esa sensación de retroceso. Entre 2020 y 2026, los salarios han subido en promedio un 10%. Pero la inflación acumulada en ese mismo período ronda el 25%. El resultado es una pérdida de capacidad adquisitiva del 15%. Y ese promedio oculta la verdadera dureza de la situación. Los precios que más han aumentado son precisamente los de los productos cotidianos de los que ningún hogar puede prescindir: los alimentos han subido un 36%, la gasolina un 35%, la vivienda un 30%. Estos tres pilares de la vida diaria han experimentado aumentos que duplican o triplican el crecimiento salarial.
A este escenario se suma un factor adicional que Gil critica con claridad: el sistema fiscal no se ha ajustado a la inflación. En la práctica, esto significa que los ciudadanos pagan más impuestos sin ganar más en términos reales. El efecto es acumulativo. Ganas menos en poder de compra, pagas más en impuestos, y los precios de lo esencial suben más rápido que tus ingresos. La sensación resultante es la de estar siendo apretado desde todos los lados simultáneamente.
El contraste que Gil subraya es casi paradójico: España va muy bien, pero para muchos ciudadanos va fatal. Cada año son más pobres, cada mes les cuesta más llegar a fin de mes. El país presume de crecimiento mientras millones de personas experimentan un retroceso real en su nivel de vida. Y según las previsiones que Gil menciona, la situación probablemente empeorará. No se trata de pesimismo, sino de una lectura fría de los datos: cuando los precios de lo esencial suben más rápido que los salarios, y cuando esa brecha se amplía año tras año, la capacidad adquisitiva de la mayoría solo puede disminuir. El crecimiento del PIB es real, pero para gran parte de la población española, es un crecimiento que sucede en otro lugar, en otro país casi, uno al que no han logrado subirse.
Citações Notáveis
Para mucha gente es como ver un ascensor que sube, pero no se han subido en él— Pablo Gil, economista
Hay mucha gente que ni siquiera tiene una primera casa, y para ellos la ecuación es muy distinta: no se benefician de lo que sube la bolsa ni los inmuebles, pero tienen que pagar la cesta de la compra y el alquiler— Pablo Gil, economista
A Conversa do Hearth Outra perspectiva sobre a história
¿Por qué entonces se habla tanto del crecimiento del PIB si la gente no lo siente?
Porque el PIB mide el tamaño total de la economía, no cómo se distribuye. Es como decir que el restaurante vende más comida, pero eso no significa que cada cliente coma más.
Pero si la economía crece, ¿no debería beneficiar a todos?
Solo si el crecimiento se traduce en más ingresos para cada persona. Aquí no está pasando. Los salarios suben un 10%, pero la inflación es del 25%. Es matemática pura: pierdes poder de compra.
¿Y la inmigración tiene algo que ver?
Sí, en parte. Cuando llegan nuevos trabajadores, contribuyen al PIB total, pero el pedazo de cada ciudadano anterior no crece. Es como repartir la misma pizza entre más gente.
¿Entonces quién se beneficia del crecimiento?
Principalmente quien tiene activos: casas, acciones, negocios. Si eres propietario, la inflación te protege. Si eres inquilino o asalariado sin inversiones, la inflación te devora.
¿Hay algo que se pueda hacer?
Ajustar el sistema fiscal a la realidad, que los salarios suban más que la inflación, o controlar los precios de lo esencial. Pero mientras eso no pase, la frustración seguirá creciendo.