El 12 de agosto, cuando la Luna tape brevemente el Sol ante los ojos de millones de personas, los científicos europeos vivirán ese instante como algo más que un espectáculo: será la confirmación de una década de trabajo. La misión Proba-3 de la ESA ha aprendido a no depender de los caprichos del cosmos, creando eclipses artificiales con dos satélites en formación para estudiar la corona solar durante horas. Lo que el eclipse natural ofrecerá ese día es un espejo con el que medir la fiabilidad de esos datos, y con ellos, la capacidad de proteger las redes eléctricas, los satélites y los sistema