Cuando un eclipse cruza el cielo, debería bastar con levantar la vista. Pero en la era de las redes sociales, ningún fenómeno —ni siquiera uno astronómico— escapa a la necesidad colectiva de convertirse en opinión, en postura, en contenido. La vergüenza ajena que esto genera no es un accidente: es el síntoma de una cultura donde existir y participar se han vuelto sinónimos, y donde el silencio contemplativo se percibe como una forma de ausencia.