Un acorazado es un barco con un aspecto impresionante
En el umbral de una nueva era de rivalidades marítimas, el presidente Trump ha anunciado la construcción de una 'flota dorada' de buques de guerra de diseño evocador de otra época, con un costo estimado de hasta 500.000 millones de dólares en total. La Oficina Presupuestaria del Congreso ha puesto en duda tanto la viabilidad económica del proyecto como su capacidad real para generar empleo industrial. El anuncio revela una tensión profunda entre la nostalgia del poder naval visible y las exigencias estratégicas del presente, donde las amenazas no se enfrentan con blindaje y artillería, sino con tecnología, velocidad y proyección aérea.
- Cada buque de la llamada 'clase Trump' podría costar más de 20.000 millones de dólares, el doble que un portaviones moderno, lo que convierte el proyecto en uno de los programas de defensa más costosos de la historia reciente.
- Expertos militares advierten que estos navíos, más cercanos a los acorazados de la Segunda Guerra Mundial que a las fragatas actuales, no están diseñados para enfrentar la amenaza estratégica más urgente: China.
- La cancelación del programa Constellation —fragatas multipropósito más económicas y funcionales— ha generado críticas dentro del propio establishment de defensa, que ve en el cambio una apuesta estética antes que táctica.
- La promesa de empleo industrial que justifica políticamente el plan choca con los datos: el número de trabajadores en astilleros estadounidenses ha caído de 170.000 a 150.000 en los últimos 35 años.
- La Oficina Presupuestaria del Congreso, árbitro fiscal bipartidista, ha publicado estimaciones que ponen en entredicho la narrativa de Trump sobre ahorro, empleo y modernización naval.
En diciembre, Donald Trump anunció su intención de construir una «flota dorada»: una nueva clase de buques de guerra bautizada oficialmente como «clase Trump», cuyo diseño recuerda a los acorazados que dominaron los mares durante las dos guerras mundiales. La Oficina Presupuestaria del Congreso acaba de publicar sus primeras estimaciones, y los números resultan difíciles de conciliar con el discurso republicano de austeridad fiscal: cada navío podría superar los 20.000 millones de dólares, el doble del costo del próximo portaviones estadounidense, el USS John F. Kennedy. Con entre 20 y 25 unidades prometidas, el costo total de la flota podría alcanzar los 400.000 o 500.000 millones de dólares.
La historia naval ofrece un contexto incómodo para el proyecto. Los acorazados fueron durante décadas el símbolo del poder marítimo, pero la Segunda Guerra Mundial demostró su vulnerabilidad frente a la aviación embarcada. Las batallas del Pacífico —Midway, Pearl Harbour, Iwo-Jima— consagraron al portaviones como el verdadero eje de las flotas modernas. Desde entonces, los acorazados han sido retirados de todas las armadas del mundo. El excontralmirante Mark Montgomery, de la Fundación para la Defensa de las Democracias, fue directo: estos buques no están optimizados para enfrentar a China, y reflejan más la imagen que tiene Trump de cómo debe verse un barco poderoso que una necesidad táctica real.
La decisión también implicó cancelar el programa Constellation, un proyecto más modesto pero funcional que buscaba construir fragatas multipropósito. El contrato, adjudicado al astillero italiano Fincantieri en 2020, contemplaba hasta diez fragatas por 5.500 millones de dólares en total, cuatro veces menos que el costo de un solo navío de la clase Trump. Solo se terminarán las dos unidades ya en construcción.
Trump ha justificado el cambio de rumbo apelando a la creación de empleo en los astilleros estadounidenses. Sin embargo, los datos de la Oficina Presupuestaria contradicen esa promesa: en los últimos 35 años, el empleo en el sector no ha crecido, sino que ha caído de 170.000 a 150.000 trabajadores. Construir buques más grandes y costosos no resuelve los problemas estructurales que han frenado el crecimiento de la industria naval durante décadas.
En diciembre, el presidente Donald Trump anunció planes para construir lo que llamó una «flota dorada»: una nueva clase de buques de guerra cuyo diseño evocaba vagamente los acorazados que dominaron los océanos durante las dos guerras mundiales. La Oficina Presupuestaria del Congreso, el organismo bipartidista que actúa como guardián fiscal de Washington, acaba de publicar sus primeras estimaciones del proyecto, y los números ponen en aprietos la retórica republicana sobre contención del gasto. Cada uno de estos navíos podría costar más de 20.000 millones de dólares, el doble de lo que está gastándose en el próximo portaviones de la Armada estadounidense, el USS John F. Kennedy.
La Casa Blanca y el Pentágono han sido vagos sobre los detalles técnicos de estos buques, oficialmente denominados «clase Trump». Lo poco que se sabe sugiere que se parecen más a cruceros pesados o acorazados que a los destructores y fragatas que conforman las armadas modernas. Trump prometió construir entre 20 y 25 de estos navíos, lo que elevaría el costo total de la flota a una horquilla de 400.000 a 500.000 millones de dólares. La Oficina Presupuestaria también expresó escepticismo sobre si el proyecto generaría realmente los empleos industriales que Trump ha prometido.
Los acorazados fueron en su momento las joyas de las flotas navales, fortalezas flotantes blindadas y artilladas diseñadas para bombardear objetivos en el mar y en tierra. Durante la Segunda Guerra Mundial, sin embargo, su dominio fue cuestionado. Las batallas en el Pacífico —Pearl Harbour, Midway, Iwo-Jima— demostraron que los portaviones, con sus cazabombarderos, podían derrotar a los acorazados desde distancias que estos no podían alcanzar. Los acorazados eran blancos demasiado grandes y valiosos. Desde 1945, los portaviones han sido los buques insignia de las armadas mundiales.
La falta de transparencia y la grandilocuencia del anuncio han provocado críticas de expertos en defensa. Mark Montgomery, excontralmirante y director de la Fundación para la Defensa de las Democracias, fue directo al hablar con The Wall Street Journal: estos buques no están optimizados para enfrentar la amenaza china actual. «Se centran en la imagen que tiene el presidente de que un acorazado es un barco con un aspecto impresionante», dijo Montgomery. La crítica toca un punto sensible: la decisión del Pentágono de cancelar el programa Constellation, que buscaba construir una nueva clase de fragatas multipropósito para modernizar la flota estadounidense.
Constellation era un proyecto más modesto pero funcional. En 2020, el astillero italiano Fincantieri ganó el contrato para diseñar y construir hasta diez fragatas por 5.500 millones de dólares, cuatro veces menos que el costo de un solo navío de la clase Trump. Estas fragatas estaban pensadas para misiones de escolta, exploración y control de rutas marítimas. El programa enfrentaba problemas de retrasos y deficiencias estructurales en la industria naval estadounidense, pero solo se construirán las dos fragatas que ya estaban en construcción.
Una de las justificaciones centrales de Trump para este cambio es la creación de empleo en los astilleros estadounidenses. Sin embargo, la Oficina Presupuestaria del Congreso cuestiona esta promesa. En su informe señala que en los últimos 35 años, el empleo en los astilleros no ha crecido. En 1990, aproximadamente 170.000 personas trabajaban en astilleros estadounidenses. Hoy hay 150.000. Los números sugieren que construir más buques no necesariamente significa más puestos de trabajo, especialmente si la industria naval sigue enfrentando los mismos problemas estructurales que han limitado su crecimiento durante décadas.
Notable Quotes
No necesitamos buques que no estén optimizados para proporcionar letalidad contra la amenaza china— Mark Montgomery, excontralmirante y director de la Fundación para la Defensa de las Democracias
Se centran en la imagen que tiene el presidente de que un acorazado es un barco con un aspecto impresionante— Mark Montgomery
The Hearth Conversation Another angle on the story
¿Por qué un presidente elegiría construir buques que los expertos militares dicen que no necesita?
Porque un acorazado se ve impresionante. Tiene presencia, poder visual. Es lo opuesto a una fragata, que es funcional pero discreta. Trump parece estar construyendo un símbolo.
Pero los símbolos no ganan guerras. Los acorazados perdieron relevancia hace 80 años.
Exacto. Y eso es lo que hace esto tan extraño. Estamos hablando de revivir una clase de buque que fue superada tecnológicamente en 1945. La amenaza real hoy es China, y los expertos dicen que estos navíos no están diseñados para esa amenaza.
¿Y el empleo? ¿No es cierto que esto crearía puestos de trabajo en los astilleros?
Esa es la promesa. Pero los datos dicen otra cosa. Los astilleros estadounidenses han perdido empleados durante 35 años, incluso cuando se construían otros buques. Más construcción no ha significado más trabajo.
Entonces, ¿por qué cancelar Constellation, que era más barato y funcional?
Eso es lo que nadie puede explicar bien. Constellation costaba una cuarta parte por buque. Estaba diseñado para misiones reales. Pero fue cancelado para hacer espacio a esto.
¿Cuánto dinero estamos hablando?
Entre 400.000 y 500.000 millones de dólares para toda la flota, si se construyen los 20 a 25 buques prometidos. Para comparar: Constellation eran 5.500 millones por diez fragatas.
¿Quién se beneficia de esto?
Los astilleros que ganen los contratos, ciertamente. Pero no está claro que los trabajadores estadounidenses se beneficien, basándose en lo que ha pasado en el pasado.