Durante siglos, la humanidad ha imaginado la inmortalidad como una frontera que la medicina podría algún día cruzar. Un nuevo estudio publicado en NPJ Aging desplaza esa frontera con precisión matemática: incluso en un mundo sin enfermedades del envejecimiento, el cerebro humano —incapaz de renovar sus células— impondría un límite biológico de aproximadamente 194 años. No es la enfermedad lo que nos define como mortales, sino la arquitectura misma de nuestro tejido nervioso.