El mar amenaza con inundar costas clave del Caribe colombiano antes de 2100

Miles de pescadores artesanales y comunidades costeras enfrentarán pérdida de medios de vida, desplazamiento potencial y aumento de vulnerabilidad socioeconómica debido a la inundación de territorios y colapso de ecosistemas.
Perdiendo los manglares, perdemos una sala cuna de especies de las que los pescadores viven
El investigador Rafael Hurtado explica cómo la desaparición de ecosistemas marinos amenaza directamente la seguridad alimentaria de miles de familias.

Las proyecciones indican que playas como Spratt Bight en San Andrés podrían desaparecer, afectando directamente el turismo, la pesca y miles de empleos en la región. Manglares, pastos marinos y lagunas costeras enfrentan riesgos críticos, comprometiendo la seguridad alimentaria de más de 3.500 pescadores artesanales en la Ciénaga Grande.

  • El nivel del mar podría subir hasta 1,04 metros en la Ciénaga Grande y 0,88 metros en Seaflower antes de 2100
  • Más de 3.500 pescadores artesanales en la Ciénaga Grande dependen directamente de los ecosistemas para subsistir
  • La playa Spratt Bight en San Andrés, epicentro del turismo, podría quedar sumergida
  • Jóvenes en San Andrés ya están abandonando la pesca debido al agotamiento de recursos cercanos a la costa

Estudio científico proyecta que el nivel del mar podría subir hasta 1,04 metros en la Ciénaga Grande y 0,88 metros en Seaflower antes de 2100, inundando zonas costeras clave e impactando ecosistemas y economías locales.

En las costas del Caribe colombiano, el agua está ganando terreno de forma inexorable. Un estudio científico reciente, publicado en Current Climate Change Reports y liderado por el capitán de fragata Rafael Hurtado Valdivieso, proyecta que hacia finales de este siglo el nivel del mar podría subir hasta 1,04 metros en la Ciénaga Grande de Santa Marta y 0,88 metros en la Reserva de Biosfera Seaflower. Estas cifras, que a primera vista parecen modestas, esconden una transformación territorial de proporciones devastadoras: no se trata solo de centímetros verticales, sino de kilómetros de costa que desaparecerán bajo el agua, alterando ecosistemas estratégicos y las vidas de miles de personas que dependen de ellos.

La investigación, basada en escenarios de altas emisiones del Panel Intergubernamental de Cambio Climático, identifica a las playas como el ecosistema más vulnerable. Estos espacios podrían experimentar cambios críticos e irreversibles antes de 2100, perdiendo tanto su capacidad de controlar la erosión como su valor económico. San Andrés ilustra con claridad lo que está en juego. La principal playa de la isla, Spratt Bight, epicentro de la actividad turística donde operan pescadores, vendedores informales y hoteles, podría quedar sumergida. Según Hurtado, si el agua avanza hasta allí, "olvídese de playa, olvídese de turistas, olvídese de toda esa actividad productiva". La pérdida no afectaría solo a empresas formales, sino a quienes viven del día a día en la informalidad, sin red de contención alguna.

Más allá de las playas, otros ecosistemas marinos fundamentales enfrentan riesgos críticos. Los manglares, esenciales para la protección costera, el almacenamiento de carbono y la reproducción de especies marinas, podrían desaparecer en zonas donde la infraestructura impide su migración natural hacia tierra adentro. Hurtado advierte que "perdiendo los manglares, perdemos una sala cuna de especies de las que los pescadores viven y comen". Los pastos marinos y las lagunas costeras también se verán afectados, con reducciones en su capacidad de capturar carbono y sostener recursos pesqueros. Estos deterioros no ocurren de manera aislada, sino que se suman a otras presiones como la contaminación y el cambio en las temperaturas del océano, creando un efecto cascada.

La dimensión social del problema es tan grave como la ambiental. En la Ciénaga Grande, más de 3.500 pescadores artesanales dependen directamente de los ecosistemas para subsistir. En Seaflower, comunidades enteras viven del turismo y la pesca. Los efectos ya son visibles: en San Andrés, muchos jóvenes han abandonado la pesca porque los recursos cercanos a la costa se agotan. La necesidad de navegar cada vez más lejos para encontrar peces, sumada a los riesgos y bajos ingresos, ha hecho que esta actividad pierda atractivo para las nuevas generaciones. Hurtado subraya que "el cambio climático afecta a las personas. Son las comunidades las que van a terminar sufriendo", insistiendo en que el problema no es únicamente ecológico, sino profundamente social.

Aunque la Ciénaga Grande enfrentaría un aumento del nivel del mar mayor en términos absolutos, su topografía ofrece cierta capacidad de amortiguación. En contraste, las islas de Seaflower, caracterizadas por su baja altitud y alta ocupación del suelo, presentan una vulnerabilidad más inmediata. Esto se traduce en transformaciones más rápidas del territorio y en una mayor exposición de infraestructura crítica.

Frente a este panorama, el estudio plantea la urgencia de implementar medidas de adaptación y mitigación. Hurtado aboga por soluciones basadas en la naturaleza, como la restauración de manglares y la protección de ecosistemas costeros, que pueden actuar como barreras naturales frente al avance del mar. "Debemos pensar menos en infraestructura dura y más en soluciones que aumenten la resiliencia natural", señala, en contraste con intervenciones tradicionales que en algunos casos han demostrado ser poco efectivas.

Sin embargo, el investigador advierte que la respuesta institucional aún está lejos de ser suficiente. "Veo muy poca acción a nivel local en medidas de mitigación y adaptación", afirma, subrayando la necesidad de fortalecer la resiliencia social. Esto implica no solo proteger los ecosistemas, sino también diversificar las fuentes de ingreso de las comunidades y mejorar el acceso a la educación. "No podemos tener comunidades que dependan exclusivamente de la pesca y el turismo", insiste. Aunque el aumento del nivel del mar es un proceso gradual, sus efectos ya están en marcha y se intensificarán en las próximas décadas. "La desventaja es que pasa lentamente y muchas veces inadvertido, pero el impacto ya está ocurriendo y se va a exacerbar", concluye Hurtado.

Ese incremento vertical tiene un efecto horizontal: el agua se mete a zonas que hoy están emergidas y que sabemos que van a quedar bajo el agua
— Rafael Hurtado Valdivieso, investigador
El cambio climático afecta a las personas. Son las comunidades las que van a terminar sufriendo
— Rafael Hurtado Valdivieso
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¿Por qué estas cifras de aumento del nivel del mar —menos de un metro— generan tanta alarma si parecen tan pequeñas?

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Porque el efecto no es vertical, es horizontal. Un metro de aumento en el nivel del mar significa que el agua avanza kilómetros tierra adentro en territorios planos como las costas caribeñas. Lo que hoy es playa o manglar mañana es océano.

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¿Y por qué San Andrés es tan vulnerable comparada con la Ciénaga Grande?

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San Andrés es una isla baja y densamente ocupada. No tiene espacio para que los manglares se desplacen hacia tierra adentro. En la Ciénaga Grande, aunque el aumento sea mayor, hay más topografía que puede absorber el cambio. Las islas no tienen esa opción.

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Mencionas que los jóvenes ya están abandonando la pesca. ¿Eso es consecencia del cambio climático o de algo más?

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Es el cambio climático manifestándose ahora mismo. Los peces se han alejado de la costa. Los pescadores tienen que navegar más lejos, gastan más combustible, corren más riesgos y ganan menos. La pesca deja de ser viable como forma de vida.

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¿Qué significa que la respuesta institucional sea insuficiente?

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Significa que hay estudios, hay advertencias, pero muy pocas acciones concretas en el terreno. No se están restaurando manglares a escala, no se están diversificando las economías locales, no se está preparando a las comunidades para lo que viene.

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Si los manglares desaparecen, ¿qué pasa con la seguridad alimentaria?

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Los manglares son viveros naturales. Allí nacen y crecen los peces que alimentan a miles de familias. Sin manglares, sin peces. Y sin peces, sin comida. Es tan directo como eso.

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¿Hay alguna solución que funcione?

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Las soluciones basadas en la naturaleza —restaurar manglares, proteger ecosistemas costeros— pueden actuar como barreras naturales. Pero requieren tiempo, dinero y voluntad política. Y también hay que cambiar las economías locales para que no dependan solo de la pesca y el turismo.

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