A 1,3 kilómetros bajo la superficie de las minas de oro sudafricanas, un gusano microscópico llamado Halicephalobus mephisto ha obligado a la ciencia a reconsiderar los límites de la vida. Descubierto por accidente en 2008 y secuenciado genéticamente en 2019, este nematodo prospera donde casi ningún animal debería poder existir, armado con una batería inusual de genes que lo protegen del calor extremo y la escasez de oxígeno. Su existencia no es solo una curiosidad biológica: es una invitación a imaginar que la vida, en su tenacidad, puede habitar mundos que aún no hemos aprendido a mirar.