Una encrucijada en la que debemos decidir qué camino tomar
A mediados de marzo de 2021, Estados Unidos se encontraba ante una paradoja propia de los momentos de transición: había vacunado a decenas de millones de personas, pero la fatiga colectiva y la llegada de variantes más agresivas amenazaban con borrar ese progreso. Los CDC, voz de la salud pública en medio del ruido político, advirtieron que el país estaba en una encrucijada donde la prudencia y la impaciencia competían por definir el desenlace. La historia de las pandemias enseña que los momentos de alivio prematuro suelen ser los más peligrosos.
- Tras dos meses de descenso, los contagios diarios vuelven a subir en varios estados, impulsados por variantes más transmisibles y una población agotada de restricciones.
- La directora de los CDC lanza una advertencia urgente: si el país no actúa de inmediato, repetirá el patrón europeo de nuevas olas devastadoras.
- Texas y Misisipi eliminan los mandatos de mascarilla y abren negocios sin límites de capacidad, justo cuando la vacunación dista de ser universal.
- Solo uno de cada tres adultos ha recibido al menos una dosis, dejando al país en una ventana de vulnerabilidad crítica antes de alcanzar la inmunidad de grupo.
- La vacuna de AstraZeneca, con 79% de efectividad, aguarda aprobación de emergencia y podría sumarse al arsenal de distribución junto a Pfizer, Moderna y Johnson and Johnson.
- Estados Unidos ya envió 2.5 millones de dosis a México y 1.5 millones a Canadá, pero la Casa Blanca frena un reparto más amplio hasta asegurar su propio colchón de reservas.
A mediados de marzo de 2021, Estados Unidos había vacunado a 82.5 millones de personas con al menos una dosis, lo que representaba aproximadamente uno de cada tres adultos. Entre los mayores de 65 años, el 42.5% ya había completado su esquema. Sin embargo, esos números de progreso ocultaban una amenaza creciente que los funcionarios de salud pública observaban con alarma.
Después de dos meses de descenso, los contagios diarios comenzaban a repuntar en varios estados. La fatiga pandémica había erosionado la disposición de la población a mantener precauciones básicas, y las nuevas variantes resultaban significativamente más transmisibles. Rochelle Walensky, directora de los CDC, fue directa: el país estaba en una encrucijada. Si no actuaba con rapidez, repetiría el patrón que ya ocurría en Europa. Pidió a los estadounidenses que encontraran fuerzas para mantener las medidas de protección hasta que la vacunación alcanzara la inmunidad de grupo.
La tensión entre política y salud pública se hacía evidente en decisiones como las de Texas y Misisipi, que eliminaron los mandatos de mascarilla y permitieron que los negocios operaran sin límites de capacidad, en un momento en que la vacunación aún estaba lejos de ser universal.
En paralelo, la administración Biden evaluaba la aprobación de la vacuna de AstraZeneca, cuyos ensayos mostraban 79% de efectividad contra el COVID-19 sintomático y protección del 100% contra la enfermedad grave. La portavoz Jen Psaki confirmó que, de recibir luz verde regulatoria, AstraZeneca se incorporaría al sistema de distribución nacional.
Estados Unidos ya contaba con dosis suficientes para vacunar a toda su población adulta sin necesidad de las 300 millones de AstraZeneca negociadas previamente. Aun así, la Casa Blanca quería mantener un colchón de reservas antes de compartir excedentes más ampliamente. Ya había enviado 2.5 millones de dosis a México y 1.5 millones a Canadá, mientras Brasil y otros países aguardaban respuesta. La pregunta que permanecía sin resolver era cuánto tiempo esperaría el país antes de actuar con mayor generosidad, y si ese tiempo sería suficiente para evitar la ola que Walensky temía.
A mediados de marzo de 2021, Estados Unidos había logrado vacunar a 82.5 millones de personas con al menos una dosis de COVID-19, lo que representaba aproximadamente uno de cada tres adultos del país. Entre los mayores de 65 años, el avance era más notable: el 42.5% ya había completado su esquema de vacunación. Pero los números de progreso enmascaraban una amenaza creciente que los funcionarios de salud pública veían claramente.
Después de dos meses de descenso constante, los contagios diarios comenzaban a repuntar en varios estados estadounidenses. La culpa no era una sola, sino una combinación de factores: la fatiga pandémica había erosionado la disposición de la población a mantener precauciones básicas, y las nuevas variantes del virus demostraban ser significativamente más transmisibles que las cepas anteriores. Los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades (CDC) veían el panorama con alarma.
Rochelle Walensky, directora de los CDC, fue directa en su diagnóstico. El país estaba en una encrucijada, dijo, enfrentado a una decisión fundamental sobre qué camino tomar. Su preocupación era específica: si Estados Unidos no actuaba con rapidez, repetiría el patrón que ya estaba ocurriendo en Europa, donde nuevas olas de contagios estaban ganando terreno. Walensky reconocía la fatiga colectiva, la sensación generalizada de que la pandemia debería haber terminado ya. Pero pidió a los estadounidenses que encontraran la fuerza para mantener las medidas de protección un poco más, hasta que la velocidad de vacunación alcanzara el punto de inmunidad de grupo.
La tensión entre la política y la salud pública se hacía evidente en decisiones estatales que preocupaban a los expertos. Texas y Misisipi habían eliminado los mandatos de uso de mascarilla y permitían que los negocios operaran sin límites de capacidad. Estas decisiones, tomadas en un momento en que la vacunación aún estaba lejos de ser universal, representaban exactamente el tipo de relajación prematura que Walensky temía.
En paralelo, la administración Biden evaluaba la aprobación de una nueva herramienta: la vacuna de AstraZeneca. Los ensayos clínicos mostraban resultados prometedores: 79% de efectividad contra el COVID-19 sintomático y protección del 100% contra la enfermedad grave y la hospitalización. Aunque Estados Unidos aún no había autorizado su uso de emergencia, el país ya había negociado la compra de 300 millones de dosis el año anterior. La portavoz de la Casa Blanca, Jen Psaki, confirmó que si los reguladores estadounidenses daban luz verde, AstraZeneca se incorporaría al sistema de distribución junto a Pfizer, Moderna y Johnson and Johnson.
Pero había una complicación diplomática en el horizonte. Estados Unidos ya tenía dosis suficientes para vacunar a toda su población adulta sin necesidad de las 300 millones de AstraZeneca. Sin embargo, Psaki aclaró que esto no significaba automáticamente que los excedentes se compartirían ampliamente con otros países. La administración quería asegurarse de tener un colchón de dosis para cualquier imprevisto en la evolución de la pandemia. Solo después de garantizar que tenía suficiente para su propia población, dijo, exploraría opciones para compartir más ampliamente.
Aun así, Estados Unidos ya había comenzado a actuar. Había confirmado el envío de 2.5 millones de dosis de AstraZeneca a México y 1.5 millones a Canadá. Brasil y otros países también habían solicitado acceso a los excedentes estadounidenses. La pregunta que quedaba sin respuesta era cuánto tiempo esperaría Estados Unidos antes de compartir más ampliamente, y si ese tiempo sería suficiente para evitar la ola evitable que Walensky temía.
Citas Notables
Me preocupa que si no tomamos ahora las medidas correctas, tendremos otra ola evitable de contagios como las que estamos viendo ahora en Europa— Rochelle Walensky, directora de los CDC
Entiendo que la gente esté cansada de seguir las restricciones, pero pido a todos que encuentren la fuerza para aguantar solo un poquito más— Rochelle Walensky, directora de los CDC
La Conversación del Hearth Otra perspectiva de la historia
¿Por qué los CDC hablaban de una ola "evitable" en particular? ¿Qué la hacía diferente de otras olas?
Porque tenían las herramientas para prevenirla. Ya había vacunas disponibles, la distribución estaba en marcha. No era como el principio de la pandemia, cuando no había nada. La ola era evitable si la gente mantenía las precauciones mientras se alcanzaba la inmunidad de grupo.
Pero la gente estaba cansada. ¿Cuánto tiempo más podían pedir que aguantaran?
Esa era la tensión real. Walensky lo sabía. No estaba pidiendo que la gente aguantara años más, sino semanas. El problema era que algunos estados ya habían decidido que el tiempo se había acabado, sin esperar a que la vacunación llegara a suficientes personas.
¿Y las nuevas variantes? ¿Eran realmente tan diferentes?
Lo suficiente. Eran más contagiosas, lo que significaba que el virus se propagaría más rápido entre los no vacunados. Por eso el timing importaba tanto. Cada semana de retraso en la vacunación era una semana en que el virus tenía más oportunidades de circular.
¿Qué pasaba con AstraZeneca? ¿Por qué no estaba aprobada aún?
Los reguladores estadounidenses seguían sus procesos. Pero había algo más: Estados Unidos ya tenía dosis de sobra. No era un problema de escasez. Era un problema de que la gente no se estaba vacunando lo suficientemente rápido con lo que ya tenía disponible.
¿Y compartir vacunas con otros países? ¿Eso era un lujo o una necesidad?
Ambas cosas. Moralmente, otros países las necesitaban desesperadamente. Pero la administración quería asegurarse primero de que Estados Unidos estuviera completamente protegido. Era una apuesta sobre si la solidaridad internacional podía esperar.