En la madrugada del 28 de agosto de 2026, la Tierra se interpondrá entre el Sol y la Luna con una precisión que la ciencia puede predecir pero que el asombro humano nunca termina de domesticar. Desde cualquier rincón de Argentina con cielo despejado, el 93% del disco lunar quedará envuelto en la sombra terrestre, tiñéndose de rojo cobrizo en un fenómeno que la física explica y la imaginación colectiva ha bautizado como Luna de Sangre. Es uno de esos espectáculos que el universo ofrece sin condiciones: sin boleto, sin instrumento, solo la disposición de mirar hacia arriba.