Los edificios que había ya no están, es como si hubiera habido una explosión
En las primeras horas del 25 de junio, dos terremotos de magnitud devastadora sacudieron Venezuela, convirtiendo barrios enteros en escombros y sumiendo a miles de personas en un silencio sin Estado ni servicios. Con al menos 164 muertos confirmados y la advertencia científica de que el saldo podría escalar hasta cien mil víctimas, el desastre revela no solo la furia de la tierra, sino la fragilidad de las instituciones que debían proteger a quienes la habitan. La comunidad internacional se moviliza, pero en las calles de La Guaira y Caraballeda, la ayuda aún no ha llegado y la oscuridad es total.
- Dos terremotos borraron barrios enteros del mapa en Venezuela, y el Servicio Geológico de EE.UU. advierte que hay un 42% de probabilidad de que las víctimas superen las diez mil personas.
- En La Guaira y Caraballeda, los sobrevivientes excavan con las manos desnudas entre escombros mientras los cuerpos quedan sepultados bajo toneladas de concreto y el caos se mezcla con el saqueo.
- El colapso simultáneo de electricidad, agua, internet y comunicaciones dejó a miles en un aislamiento casi total, con solo teléfonos satelitales como único puente con el mundo exterior.
- Las autoridades locales permanecieron en silencio durante horas críticas, encendiendo la furia de los residentes que sobrevivían sin información, sin rescatistas y sin ninguna política de prevención que los amparara.
- La ONU desplegó equipos de búsqueda y rescate urbano internacional y su coordinador humanitario contactó directamente a la vicepresidenta venezolana para evaluar las necesidades más urgentes.
- Operadores telefónicos españoles como MasOrange y Movistar activaron llamadas y mensajes gratuitos entre España y Venezuela de forma indefinida para ayudar a las familias a encontrarse entre los escombros.
Dos terremotos devastadores golpearon Venezuela en la madrugada del 25 de junio, dejando al menos 164 muertos y cerca de mil heridos. Pero la cifra oficial era apenas un umbral de incertidumbre: el Servicio Geológico de Estados Unidos estimaba una probabilidad del 42 por ciento de que el saldo final alcanzara entre diez mil y cien mil víctimas, convirtiendo los números preliminares en el posible prólogo de una catástrofe sin precedentes.
La Guaira se convirtió en el símbolo visible del desastre. Barrios como Los Corales desaparecieron. José Rolón, residente que recorrió la zona, describió edificios que simplemente ya no existían, como si hubieran sido demolidos de forma controlada. En la parroquia vecina de Caraballeda, la escena se repetía: construcciones colapsadas, personas excavando con las manos desnudas buscando a sus familias, y otras saqueando lo que quedaba. En una clínica parcialmente derrumbada, médicos y enfermeras atendían heridos en plena calle. Rolón presenció cómo la pared de un edificio aplastaba a una persona que caminaba; solo quedaban visibles las piernas bajo el concreto.
El colapso fue total: sin electricidad, sin agua, sin internet. Solo quienes tenían teléfonos satelitales podían comunicarse con el exterior. Lo que más enfureció a los sobrevivientes fue el silencio del Estado: horas después del desastre, ninguna autoridad local había dado señales de vida. La gente estaba a su suerte, sin información ni rescatistas institucionales.
La respuesta llegó desde afuera. La ONU anunció su movilización completa y desplegó equipos de búsqueda y rescate urbano internacional, mientras su coordinador humanitario Tom Fletcher contactaba a la vicepresidenta Delcy Rodríguez para evaluar las necesidades críticas. En España, MasOrange y Movistar activaron de forma inmediata llamadas y mensajes gratuitos entre ambos países para ayudar a las familias a localizarse entre la oscuridad y los escombros.
Pero mientras los organismos internacionales coordinaban desde lejos, en las calles de La Guaira miles de personas seguían atrapadas, vagando sin rumbo, sin agua ni comida, sin saber cuándo llegaría la ayuda ni cuántos más morirían antes de que lo hiciera.
Dos terremotos de magnitud devastadora golpearon Venezuela en las primeras horas de la mañana del 25 de junio, dejando un rastro de destrucción que aún se está cuantificando. Las autoridades confirmaban al menos 164 muertos y aproximadamente mil heridos, pero el Servicio Geológico de Estados Unidos advertía de algo más inquietante: una probabilidad del 42 por ciento de que el saldo final alcanzara entre diez mil y cien mil víctimas. Los números preliminares, en otras palabras, podrían ser apenas el comienzo de una catástrofe humanitaria sin precedentes en la región.
La Guaira, puerto histórico a las afueras de Caracas, se convirtió en el epicentro visible del desastre. Barrios enteros como Los Corales desaparecieron del mapa. José Rolón, un residente que recorrió la zona devastada, describió lo que vio con una precisión que cortaba: los edificios que una vez se alzaban ya no existían, como si alguien hubiera ejecutado una demolición controlada sobre toda la comunidad. En Caraballeda, la parroquia vecina, la escena se repetía. Construcciones colapsadas, escombros por todas partes, y entre ellos, personas intentando excavar con las manos desnudas, buscando a sus familias. Otros saqueaban lo que quedaba de las viviendas. El caos y la desesperación convivían en las mismas calles.
Lo que hizo más insoportable la situación fue el colapso simultáneo de toda infraestructura. No había electricidad. No había agua. No había internet. Las comunicaciones se cortaron casi por completo, dejando a los sobrevivientes en un aislamiento casi total. Solo quienes poseían teléfonos satelitales podían establecer contacto con el mundo exterior. Rolón fue a una clínica en Caraballeda buscando mascarillas y oxígeno para vecinos ancianos. Encontró que aunque parte del hospital se había derrumbado, los médicos y enfermeras seguían atendiendo heridos en la calle, bajo el cielo abierto. Vio dos cadáveres cubiertos con sábanas. Más adelante, mientras caminaba, presenció cómo la pared de un edificio se desplomaba sobre una persona que estaba de pie. El cuerpo quedó sepultado bajo toneladas de concreto y acero. Solo se veían las piernas. Rolón estimaba que había cientos de casos similares.
Lo que enfureció a los residentes fue el silencio de las autoridades. Horas después del desastre, no había pronunciamientos oficiales del alcalde, del gobernador, de nadie. El Estado parecía haber desaparecido. Rolón, cuya propia casa había quedado inhabitable, expresó su frustración con una amargura que reflejaba el sentimiento generalizado: no existía ninguna política de prevención para un desastre de esta magnitud, y ahora la gente estaba a su suerte, buscando sobrevivir sin ayuda institucional, sin información, sin esperanza de que alguien viniera a rescatarlos.
La comunidad internacional reaccionó rápidamente. La Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios de Naciones Unidas anunció que estaba completamente movilizada. Tom Fletcher, coordinador humanitario de la ONU, informó que ya estaba coordinando el despliegue de equipos de búsqueda y rescate urbano de toda la comunidad internacional. Un equipo de respuesta rápida fue enviado para reforzar al personal sobre el terreno. Fletcher había hablado con la vicepresidenta ejecutiva de Venezuela, Delcy Rodríguez, para evaluar con urgencia cuáles eran las necesidades más críticas.
Mientras tanto, operadores telefónicos españoles tomaban medidas extraordinarias para facilitar la comunicación. MasOrange anunció que ofrecería llamadas internacionales gratuitas, mensajes de texto y servicios de roaming entre España y Venezuela para todos sus clientes, tanto residenciales como empresariales. Telefónica, a través de Movistar, hizo lo mismo. Estas medidas se activaron de forma inmediata y permanecerían vigentes de manera indefinida, dependiendo de la evolución de la emergencia. La decisión buscaba facilitar la localización de afectados y permitir que las familias dispersas se encontraran entre los escombros y la oscuridad.
Pero mientras los organismos internacionales se movilizaban y las compañías telefónicas activaban sus protocolos de emergencia, en las calles de La Guaira y Caraballeda la realidad era más cruda. Miles de personas estaban atrapadas bajo los escombros. Miles más vagaban sin rumbo, buscando agua, comida, información sobre sus seres queridos. El Estado estaba ausente. Los servicios básicos habían colapsado. Y nadie sabía cuándo llegaría la ayuda, ni cuántos más morirían antes de que lo hiciera.
Notable Quotes
No hay luz, internet, ni agua, ni ningún servicio. La situación es de colapso total.— José Rolón, residente de La Guaira
No existía ninguna política de prevención para un desastre natural de esta magnitud y hoy estamos viendo las consecuencias.— José Rolón, residente de La Guaira
The Hearth Conversation Another angle on the story
¿Por qué el silencio de las autoridades parece ser tan importante en esta historia como los números de muertos?
Porque cuando todo se desmorona, la gente necesita saber que alguien está a cargo, que hay un plan. El silencio dice lo opuesto: que estás completamente solo.
José Rolón menciona que solo quienes tienen teléfono satelital pueden comunicarse. ¿Qué significa eso para las personas atrapadas?
Significa que la mayoría de los sobrevivientes están completamente incomunicados. No pueden avisar a sus familias que están vivos. No pueden pedir ayuda. Están invisibles.
La ONU se moviliza rápidamente, pero ¿qué tan rápido es lo suficientemente rápido cuando los edificios se están derrumbando?
Eso es el dilema. La ONU puede coordinar equipos en horas, pero los escombros siguen cayendo ahora. Cada minuto cuenta cuando alguien está sepultado.
¿Por qué los operadores telefónicos ofrecen llamadas gratuitas? ¿Es solo caridad?
Es pragmatismo. Si las familias en España pueden llamar gratis, pueden ayudar a localizar a sus seres queridos, pueden coordinar rescates informales. Es comunicación como herramienta de supervivencia.
Rolón dice que no había política de prevención. ¿Eso significa que esto era predecible?
Significa que Venezuela, como muchos países en zonas sísmicas, no había invertido en infraestructura resistente a terremotos. Cuando llega el terremoto, no es una sorpresa que todo se desmorone. Es una tragedia que se vio venir.