En una cultura que glorifica el agotamiento, el sueño ha quedado reducido a un lujo prescindible, cuando en realidad es el cimiento sobre el que descansa la salud mental. La privación sostenida del descanso no solo fatiga el cuerpo: erosiona la capacidad del cerebro para regular emociones, sostener la atención y resistir la ansiedad y la depresión. Expertos señalan que pequeños cambios de hábito —horarios regulares, menos pantallas, más silencio nocturno— bastan para devolver al descanso su lugar legítimo en la vida humana.