Detrás de un gesto cotidiano y casi universal —frotar las muñecas tras aplicar perfume— se esconde un error que la ciencia ha documentado con precisión: la fricción comprime las fases naturales del aroma y acorta su ciclo de vida. La investigación cosmética revela que los puntos de pulso, donde la temperatura corporal oscila entre 32 y 34 grados, ofrecen el entorno ideal para que una fragancia se despliegue con lentitud y plenitud. La durabilidad de un perfume, se descubre, no es un capricho del azar sino el resultado de una cadena de decisiones que comienza en el almacén y termina en la piel.