En la noche del lunes 27 de julio, el mercado informal de divisas en Cuba ofrece una imagen de tensión contenida: el dólar se detiene en 673 pesos tras semanas de ascenso, mientras el euro alcanza su máximo mensual en 790 pesos. Esta quietud no es estabilidad, sino la pausa de una economía que opera en dos velocidades —la oficial y la real— separadas por una brecha que sigue ensanchándose. La distancia entre lo que el Estado declara y lo que los cubanos pagan en la calle mide, con precisión brutal, el peso de una crisis que se siente en cada compra cotidiana.