En las profundidades del tiempo cretácico, una criatura diminuta quedó atrapada en resina y esperó 99 millones de años para ser nombrada. Paleontólogos que trabajan con ámbar de Myanmar han descubierto una nueva especie de gecko —Carinasquama rusmithii— conservada con una fidelidad anatómica tan extraordinaria que permitió determinar incluso el sexo del ejemplar. Este hallazgo, publicado en Swiss Journal of Palaeontology, nos recuerda que la naturaleza guarda sus secretos con paciencia infinita, y que la ciencia, a veces, llega justo a tiempo para escucharlos.