Desarrollan «nariz electrónica» que detecta alimentos en mal estado con precisión del 92,6%

Un chip que no se cansa, no se acostumbra, y detecta lo invisible
La nariz electrónica supera las limitaciones fundamentales del olfato humano mediante sensores especializados y aprendizaje automático.

Desde los laboratorios de la Universidad de California en Berkeley llega una respuesta tecnológica a una de las limitaciones más antiguas del cuerpo humano: la incapacidad del olfato para detectar con certeza lo que es peligroso en nuestra comida. Un chip con dieciséis sensores y una red neuronal entrenada para leer gases invisibles ha alcanzado una precisión del 92,6% identificando alimentos en mal estado y alérgenos, superando con creces lo que la nariz humana puede percibir. En la historia de nuestra relación con los alimentos, este dispositivo representa un umbral: el momento en que delegamos uno de nuestros sentidos más primitivos a la inteligencia artificial.

  • Cada año, millones de personas consumen alimentos en mal estado sin saberlo, porque el olfato humano no siempre detecta la descomposición a tiempo.
  • El chip desarrollado en Berkeley puede identificar alérgenos en cantidades tan pequeñas como 0,05 gramos de nuez, una capacidad que ningún sentido humano puede igualar.
  • El sistema distingue entre 16 tipos de muestras —frutas, carnes, lácteos, frutos secos— con una precisión del 92,6%, incluso en presencia de humedad y variables ambientales.
  • Los investigadores ya desarrollaron una versión portátil que se opera desde una aplicación móvil, acercando la tecnología al uso cotidiano.
  • La integración en refrigeradores inteligentes y sistemas industriales de control de calidad podría redefinir cómo la humanidad gestiona la seguridad alimentaria a escala global.

El olfato humano tiene límites que la biología no puede superar por sí sola. Investigadores de la Universidad de California en Berkeley decidieron construir una alternativa: un chip sensor con inteligencia artificial capaz de reconocer los gases liberados por alimentos frescos, en descomposición y por frutos secos alergénicos, con una precisión del 92,6%.

El dispositivo contiene dieciséis sensores recubiertos con materiales distintos —plásticos conductores, porfirinas, óxidos metálicos— que captan una amplia gama de compuestos orgánicos volátiles sin interferencias entre sí. En el corazón del sistema funcionan transistores de nanotubos de carbono, lo suficientemente sensibles para operar a temperatura ambiente. Cuando los alimentos liberan gases al descomponerse, el chip genera señales eléctricas que una red neuronal convolucional aprende a interpretar, identificando tanto el tipo de alimento como su estado de frescura.

Durante las pruebas, el equipo expuso el sensor a pollo, huevo, leche envejecida y frutos secos como nueces, avellanas y maní. El sistema detectó trazas de alérgenos de apenas 0,05 gramos y mantuvo resultados consistentes durante dos días consecutivos, incluso ante variaciones de humedad. Los hallazgos fueron publicados en la revista Science Advances.

Las aplicaciones son inmediatas: refrigeradores que adviertan sobre alimentos próximos a descomponerse, herramientas para la industria alimentaria y dispositivos para personas con alergias graves. El equipo ya cuenta con una versión portátil que se controla desde una aplicación móvil, y planea probarla en entornos domésticos reales. Lo que nació como respuesta a una limitación humana fundamental podría convertirse en una presencia cotidiana en cocinas e industrias de todo el mundo.

El olfato humano tiene límites. No siempre detecta cuándo un alimento ha comenzado a descomponerse, ni identifica la presencia de alérgenos que podrían resultar peligrosos. Investigadores de la Universidad de California en Berkeley decidieron superar esa limitación construyendo algo que funciona como una nariz, pero sin las debilidades de la biología: un chip sensor equipado con inteligencia artificial capaz de reconocer los gases liberados por alimentos frescos, en descomposición, y por frutos secos alergénicos con una precisión del 92,6%.

El dispositivo es relativamente simple en concepto pero sofisticado en ejecución. Contiene dieciséis sensores distintos, cada uno recubierto con un material diferente: plásticos conductores, porfirinas, semiconductores, óxidos metálicos. Esta diversidad de superficies permite que el chip capte una amplia gama de olores sin que las señales se interfieran entre sí, un problema que aquejaba a tecnologías anteriores que usaban sensores demasiado similares. El corazón del sistema son transistores hechos de nanotubos de carbono, materiales tan pequeños y sensibles que pueden detectar cambios en el ambiente a temperatura ambiente ordinaria.

Cuando los alimentos se descomponen, liberan compuestos orgánicos volátiles al aire. Al entrar en contacto con los sensores del chip, estos compuestos generan señales eléctricas distintas según el tipo de alimento y su estado. Un sistema de inteligencia artificial analiza esas señales, aprende a identificar patrones específicos para cada alimento, y puede distinguir incluso diferencias muy sutiles. El equipo de investigadores, liderado por Bassil, probó el sistema con dieciséis tipos de muestras: alimentos frescos, productos en mal estado, y frutos secos conocidos por causar alergias. El dispositivo fue capaz de detectar cantidades minúsculas de alérgenos, como apenas 0,05 gramos de nuez, y de distinguir entre diferentes frutas, leche, huevos y carnes en distintos estados de frescura.

La construcción del chip requirió precisión. Los investigadores utilizaron una técnica que permitía colocar diferentes materiales sensibles en cada uno de los dieciséis sensores en un solo paso. Cada sensor fue probado con distintos materiales, y los líquidos y condiciones de secado fueron ajustados cuidadosamente para que todas las capas quedaran uniformes sin mezclarse. Durante las pruebas, el chip fue expuesto a pollo, huevo y leche envejecidos, además de a frutos secos como nueces, avellanas, anacardos y maní. Los resultados se midieron durante dos días seguidos para verificar que el sensor respondiera de manera consistente. También se comprobó que variables como la humedad y la cantidad de compuestos en el aire no afectaran la capacidad del chip para diferenciar olores, incluso en presencia de vapor de agua.

Los datos recolectados fueron procesados en ciclos: primero se medía el estado inicial, luego se exponía el chip al olor del alimento, y finalmente se dejaba que se recuperara. Una red neuronal convolucional fue entrenada con esta información para aprender a reconocer tanto el tipo de alimento como su estado de frescura o descomposición. Los resultados demostraron que el sistema podía identificar diferentes grupos de alimentos y detectar la presencia de alérgenos importantes. El estudio fue publicado en la revista Science Advances.

Las aplicaciones prácticas son inmediatas y variadas. Los autores proponen integrar esta tecnología en electrodomésticos inteligentes, como refrigeradores que adviertan al usuario sobre la inminente descomposición de alimentos. El dispositivo también podría servir como herramienta objetiva para la industria alimentaria y los sistemas de control de calidad, así como para personas con alergias alimentarias graves que necesitan identificar trazas de alérgenos. El equipo destaca que el proceso de fabricación permite automatización y el uso de múltiples materiales sensibles, una ventaja significativa sobre tecnologías previas basadas en óxidos metálicos que requerían altas temperaturas y procesos complejos.

Ya han desarrollado una versión portátil del sensor que puede operarse desde una aplicación móvil. Los investigadores planean probar su sensibilidad en entornos más variados, como mezclas de alimentos y espacios domésticos reales. Lo que comenzó como una respuesta a una limitación humana fundamental podría transformarse en una herramienta cotidiana en cocinas, industrias y sistemas de distribución de alimentos en todo el mundo.

El sistema puede reconocer el perfil de olor único de cada alimento, superando la subjetividad y las limitaciones del olfato humano
— Equipo de investigadores de UC Berkeley
La Conversación del Hearth Otra perspectiva de la historia
Inventor

¿Por qué fue necesario crear esto? ¿No podría simplemente mejorar la capacitación del olfato humano?

Model

El olfato humano es subjetivo y tiene un rango limitado. Una persona puede acostumbrarse a un olor y dejar de percibirlo. Además, no todos los olores de descomposición son obvios al principio. Este chip no se cansa, no se acostumbra, y puede detectar cambios químicos que el nariz humana nunca percibiría.

Inventor

¿Cómo logran que dieciséis sensores diferentes no interfieran entre sí?

Model

Cada sensor está recubierto con un material distinto. Es como tener dieciséis narices especializadas, cada una sensible a un tipo diferente de molécula. Cuando los compuestos volátiles entran en contacto, cada sensor responde de manera única, creando un patrón que la inteligencia artificial puede aprender a leer.

Inventor

¿Qué tan pequeño es realmente este dispositivo?

Model

El corazón son nanotubos de carbono, materiales tan diminutos que pueden captar cambios a temperatura ambiente. El chip en sí es pequeño, pero ya han creado una versión portátil que funciona desde una aplicación móvil. Imagina poder verificar si una fruta está lista para comer antes de morderla.

Inventor

¿Cuál es el riesgo de confiar completamente en una máquina para esto?

Model

No se trata de reemplazar el juicio humano, sino de proporcionar información objetiva. Para alguien con una alergia grave, esta tecnología podría ser la diferencia entre una comida segura y una crisis médica. En la industria, elimina la subjetividad de las decisiones sobre calidad.

Inventor

¿Qué viene después de esta investigación?

Model

Quieren probar el sistema en entornos reales: mezclas de alimentos, cocinas domésticas, almacenes. También buscan integrar la tecnología en refrigeradores inteligentes que adviertan cuando algo está a punto de echarse a perder. Es el paso de la prueba de concepto a la vida cotidiana.

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