Investigadores desarrollan aislantes termoacústicos con residuos de poda de vid

Los residuos como recursos estratégicos, no como problemas
Terraza destaca cómo los biomateriales permiten reimaginar los desechos agrícolas como insumos tecnológicos valiosos.

En Mendoza, donde la vid ha dado forma a la identidad y la economía de una región entera, investigadores del Conicet encontraron en los residuos de poda —aquello que la industria descartaba— la materia prima de una innovación silenciosa. Cultivando micelio de hongos sobre esa biomasa, han creado un material aislante térmico y acústico que desafía la dependencia de la construcción moderna hacia los plásticos derivados del petróleo. El hallazgo no es solo técnico: es una invitación a repensar qué consideramos desperdicio y qué llamamos recurso.

  • Los aislantes convencionales como el poliestireno y el poliuretano contaminan intensamente desde su fabricación, antes de que lleguen a cualquier obra.
  • El equipo del INAHE-Conicet cultiva micelio de hongos sobre residuos de poda de vid, logrando que los filamentos microscópicos consoliden la biomasa en un bloque compacto con propiedades aislantes superiores.
  • Los prototipos ya superaron ensayos de laboratorio con buen desempeño en aislamiento térmico y absorción acústica, aunque la durabilidad del material orgánico sigue siendo el desafío central a resolver.
  • Si se escala la producción, estos biomateriales podrían aplicarse tanto en edificios nuevos como en rehabilitación energética de construcciones existentes, reduciendo la huella de carbono desde el origen.

En Mendoza, investigadores del Conicet encontraron en los residuos de poda de vid —hasta ahora un problema para la industria vitivinícola— la base de un material aislante innovador. Trabajando en el Instituto de Ambiente, Hábitat y Energía (INAHE), el equipo aprendió a cultivar micelio de hongos sobre esa biomasa descartada, transformándola en un bloque compacto con propiedades térmicas y acústicas que podría sustituir a los aislantes sintéticos dominantes en la construcción.

La motivación es clara: materiales como el poliestireno expandido o el poliuretano consumen enormes cantidades de energía en su fabricación y dependen de recursos no renovables, dejando una huella de carbono significativa antes de llegar a cualquier obra. La investigadora Ayelén Villalba señala que la tendencia internacional apunta hacia materiales con baja energía incorporada, optimizando la eficiencia no solo durante el uso del edificio, sino desde el momento mismo de su producción.

Lo que distingue este desarrollo es el uso específico de residuos vitivinícolas, una materia prima no explorada antes en proyectos similares. Según la becaria doctoral Maira Terraza, el micelio genera una red de filamentos que se ramifican y fusionan con el sustrato, consolidando las partículas de biomasa en un solo material. La alta presencia de lignina en los residuos de vid aporta mayor integridad estructural que otros compuestos de micelio.

Los prototipos experimentales mostraron resultados alentadores en laboratorio, tanto en aislamiento térmico como en absorción acústica. El principal desafío pendiente es garantizar la durabilidad de un material de origen orgánico y biodegradable. La investigadora Noelia Alchapar destaca que la propuesta combina innovación tecnológica con economía circular, valorizando recursos locales y reduciendo el impacto ambiental de la construcción. El siguiente paso será evaluar el comportamiento en aplicaciones reales y avanzar hacia una producción comercialmente viable.

En Mendoza, donde la vid ha sido durante siglos el corazón de la economía regional, investigadores del Conicet descubrieron algo inesperado en lo que la industria vitivinícola siempre consideró un problema: los residuos de poda. Trabajando en el Instituto de Ambiente, Hábitat y Energía, un equipo de científicos aprendió a cultivar micelio de hongos sobre esa biomasa descartada, transformándola en un material compacto con propiedades aislantes que podría reemplazar los productos sintéticos que dominan la construcción moderna.

La iniciativa responde a una inquietud que crece en la industria de la construcción: el costo ambiental de los aislantes convencionales. El poliestireno expandido, el poliuretano, la lana de vidrio y la lana de roca son materiales ubicuos en cualquier obra, pero su fabricación consume enormes cantidades de energía y depende de recursos no renovables. Cada uno de estos productos deja una huella de carbono significativa antes de que siquiera llegue a un sitio de construcción. Los investigadores del Conicet, en colaboración con una bodega mendocina que aporta la materia prima, decidieron explorar un camino distinto: usar organismos vivos para producir materiales útiles, una técnica conocida como biofabricación.

Ayelén Villalba, una de las responsables del proyecto, explicó que la construcción de aislantes tradicionales genera contaminación atmosférica considerable. La tendencia internacional, en cambio, apunta hacia materiales con baja energía incorporada y huella de carbono reducida, optimizando la eficiencia no solo durante el uso del edificio sino desde el momento mismo de la producción. Este enfoque se alinea con los desafíos de la transición energética y la reducción de emisiones de gases de efecto invernadero que enfrenta el mundo.

Lo que hace particular este desarrollo es el uso específico de residuos de poda de vid, una materia prima que hasta ahora no había sido empleada en proyectos similares destinados a la construcción. Maira Terraza, becaria doctoral del Conicet e integrante del equipo, detalló cómo funciona el proceso: el micelio crea una red de filamentos microscópicos que se ramifican y fusionan entre sí y con el sustrato, integrándose químicamente. Esa red consolida las partículas de biomasa en un solo bloque de material. Las características heterogéneas de los residuos vitivinícolas y su composición alta en lignina aportan ventajas adicionales, generando un material con mayor integridad estructural que otros compuestos de micelio.

Los prototipos experimentales ya fueron sometidos a ensayos de laboratorio, y los resultados fueron alentadores. Las pruebas mostraron un buen comportamiento tanto en aislamiento térmico como en absorción acústica, dos características fundamentales para cualquier aplicación en edificios. Sin embargo, los investigadores también están avanzando en un aspecto central: la durabilidad del material. Dado su origen orgánico y biodegradable, es necesario optimizar los protocolos de producción para asegurar que el material perdure en el tiempo y alcance los estándares requeridos por la industria de la construcción.

Noelia Alchapar, también investigadora del Conicet en el INAHE, subraya que la propuesta combina innovación tecnológica con aprovechamiento de recursos locales. Los biomateriales elaborados a partir de residuos agroindustriales bioligados con micelio representan una alternativa que permite valorizar recursos locales, disminuir el uso de energía y promover estrategias de economía circular en la construcción. Las posibilidades de aplicación son amplias: estos materiales podrían utilizarse tanto en nuevas edificaciones como en obras de rehabilitación y mejora energética de construcciones existentes, sustituyendo aislantes convencionales de mayor impacto ambiental.

Más allá del aporte ambiental, el proyecto abre una nueva oportunidad para la cadena vitivinícola mendocina. Al convertir un residuo agrícola en un insumo tecnológico con potencial valor comercial, la investigación reimagina los residuos como recursos estratégicos. Para Terraza, el gran potencial de los biomateriales radica en permitir que los procesos y recursos naturales trabajen a favor de la industria, no en contra. Con los prototipos ya demostrando desempeño prometedor en laboratorio, el siguiente paso será evaluar su comportamiento en aplicaciones reales y escalar la producción hacia una viabilidad comercial.

La construcción de aislantes tradicionales supone una importante fuente de contaminación atmosférica, mientras que la tendencia actual se orienta al desarrollo de propuestas sustentables
— Ayelén Villalba, investigadora del Conicet
Los biomateriales permiten reimaginar los residuos como recursos estratégicos y utilizar los procesos y recursos naturales a nuestro favor
— Maira Terraza, becaria doctoral del Conicet
The Hearth Conversation Another angle on the story
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¿Por qué ahora? ¿Qué cambió para que alguien decidiera cultivar hongos sobre residuos de poda?

Model

La presión ambiental en la construcción se volvió innegable. Los aislantes sintéticos tradicionales consumen mucha energía en su fabricación y dependen de recursos no renovables. Mendoza tenía un problema visible: toneladas de residuos vitivinícolas. Alguien vio la oportunidad de conectar ambas cosas.

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¿Qué hace que el micelio sea el pegamento perfecto aquí?

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El micelio crea una red de filamentos microscópicos que se ramifican naturalmente a través de la biomasa. No es un adhesivo químico aplicado después; es un proceso biológico que integra las partículas desde adentro. Con los residuos de vid, que tienen alta lignina, esa red es particularmente fuerte.

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¿Cuál es el riesgo real que ven los investigadores?

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La durabilidad. Estos materiales son orgánicos y biodegradables por naturaleza. En un edificio, necesitas que duren décadas. Están trabajando en protocolos de producción para asegurar que el material no se degrade prematuramente, pero es el desafío central.

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¿Esto podría cambiar realmente cómo se construye?

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Podría. Si logran escalar la producción y cumplir con los estándares de la industria, tendrían un material que reduce emisiones desde el origen, funciona bien térmica y acústicamente, y usa un residuo local. Para Mendoza especialmente, eso es transformador.

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¿Qué pasa si falla?

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Entonces es un proyecto de investigación más que no llegó a comercialización. Pero los prototipos ya mostraron buen comportamiento en laboratorio, así que la pregunta no es si funciona, sino si puede producirse a escala y a precio competitivo.

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