Cinco rutas sagradas por el mundo para descubrirse más allá del Camino de Santiago

Cuando estás rodeado de nada más que arena, tienes que enfrentarte a ti mismo
Reflexión sobre la experiencia transformadora del desierto de Gobi como destino de peregrinación espiritual.

Desde tiempos inmemoriales, la humanidad ha buscado en el movimiento una forma de encontrarse a sí misma. Más allá del célebre Camino de Santiago, el mundo alberga rutas sagradas —en Inglaterra, Perú, el Tíbet, Mongolia y Japón— donde miles de viajeros emprenden cada año travesías que no buscan un destino turístico, sino una transformación interior. Estas peregrinaciones, herederas de tradiciones milenarias, recuerdan que caminar puede ser, en sí mismo, un acto espiritual.

  • El turismo convencional ya no satisface a quienes buscan algo más profundo: crece una demanda global de experiencias que pongan a prueba el cuerpo y el espíritu.
  • Cada ruta plantea sus propios desafíos: la altitud extrema del Camino Inca, los permisos burocráticos del Kailash o la soledad radical del desierto de Gobi pueden disuadir a los viajeros menos preparados.
  • Las rutas se adaptan para ser más accesibles —versiones cortas en Perú, opciones en bicicleta o autobús en Japón— sin perder su esencia transformadora.
  • El peregrinaje mundial se consolida como una tendencia cultural: viajeros de distintas tradiciones confluyen en senderos que llevan siglos siendo considerados sagrados.

El Camino de Santiago popularizó la idea de que caminar largas distancias puede cambiar a una persona, pero esa búsqueda de sentido a través del movimiento es universal y antigua. En distintos rincones del planeta existen rutas donde miles de viajeros van cada año en busca de algo más profundo que una fotografía de recuerdo.

En el suroeste de Inglaterra, el Camino Celta une Glastonbury —tierra de leyendas artúricas y del Santo Grial— con Stonehenge, el enigmático círculo de piedras. En menos de cien kilómetros, el peregrino atraviesa enclaves prehistóricos, romanos y cristianos envueltos en niebla y misterio. En Perú, el Camino Inca exige cuatro días de caminata a gran altitud, pasando por recintos arqueológicos como Llactapata y Wiñaywayna, hasta llegar a Machu Picchu por la Puerta del Sol. Existe también una versión de dos días para quienes no pueden afrontar la ruta completa.

En el Tíbet, la kora del monte Kailash —cincuenta y dos kilómetros alrededor de la montaña más sagrada de Asia— es un peregrinaje que requiere permiso oficial del gobierno chino y viaje organizado, pero que muchos describen como una experiencia cargada de energía singular. El desierto de Gobi, entre China y Mongolia, ofrece el extremo opuesto: una soledad absoluta entre dunas de hasta ochocientos metros y comunidades nómadas que mantienen viva una hospitalidad ancestral.

Finalmente, en Japón, el Shikoku Henro recorre mil doscientos kilómetros y ochenta y ocho templos vinculados al monje budista Kukai, permitiendo descubrir una isla alejada del turismo masivo. Hoy puede completarse a pie, en bicicleta o en autobús. Lo que une a estas cinco rutas es su promesa esencial: quien las recorre no regresa igual que partió.

El Camino de Santiago ha hecho famosa la idea de que caminar largas distancias puede transformar a una persona. Pero esa búsqueda de significado a través del movimiento, esa necesidad de enfrentarse a uno mismo en el camino, no es un invento español ni mucho menos exclusivo de Galicia. Alrededor del mundo existen senderos antiguos y lugares sagrados donde miles de viajeros cada año van en busca de algo más profundo que una simple fotografía de recuerdo.

En el suroeste de Inglaterra, el Camino Celta conecta dos de los lugares más cargados de misterio de la tradición británica. El recorrido, que mide menos de cien kilómetros, parte del pueblo de Glastonbury —donde según la leyenda reposa el rey Arturo y se esconde el Santo Grial— y termina en Stonehenge, ese círculo de piedras que sigue desafiando cualquier explicación racional. Quien camina esta ruta se mueve entre niebla y leyenda, pasando por enclaves prehistóricos, romanos y cristianos, mientras los verdes campos ingleses rodean cada paso. Es un viaje impregnado de tradiciones artúricas y energías que muchos peregrinos describen como telúricas.

Más lejos, en Perú, el Camino Inca representa una de las travesías más exigentes del planeta. Con cuarenta kilómetros de distancia y una duración de cuatro días de caminata, este sendero asciende a través de montañas y pasa por varios recintos arqueológicos —Llactapata, Runkurakay, Sayacmarca, Phuyupatamarca y Wiñaywayna— antes de llegar a Machu Picchu por la Puerta del Sol. La altitud es un desafío constante, pero también existe una versión más corta de dos días para quienes no pueden o no desean comprometerse con la ruta completa.

En el Tíbet, la kora del monte Kailash es quizás uno de los peregrinajes más singulares del mundo. Este recorrido circular de cincuenta y dos kilómetros rodea la montaña más sagrada de Asia, atravesando valles desérticos, senderos estrechos y puentes de madera. Para millones de personas, el Kailash es un centro espiritual de importancia incalculable, y caminar alrededor de él es una experiencia que muchos describen como cargada de magia y energía. Sin embargo, no es un viaje que pueda hacerse por libre: es necesario obtener un permiso oficial del gobierno chino y contratar un viaje organizado.

El desierto de Gobi, situado entre China y Mongolia, ofrece una experiencia radicalmente diferente. Apartado de cualquier civilización, este lugar místico es perfecto para quien busca enfrentarse a la soledad más profunda. Para llegar hay que viajar hasta Dalanzadgad, una ciudad ubicada a quinientos ochenta y cinco kilómetros al sur de Ulán Bator, la capital de Mongolia. Una vez allí, el viajero puede adentrarse en dunas de hasta ochocientos metros de altura, como las de Khongor, o experimentar la hospitalidad de las comunidades nómadas mongolas. Es uno de los destinos más extremos del mundo, pero también uno de los más memorables.

En Japón, el Camino de Shikoku Henro es una ruta circular de mil doscientos kilómetros que pasa por ochenta y ocho templos y veinte lugares sagrados. Todos estos sitios están vinculados con Kukai, un monje budista también conocido como Kobo Daishi, cuya influencia espiritual ha marcado la tradición japonesa durante siglos. El recorrido permite descubrir no solo la naturaleza extraordinaria de la isla de Shikoku, sino también pueblos locales que permanecen alejados de los circuitos turísticos convencionales. Y aunque históricamente los peregrinos completaban todo el camino a pie, hoy es posible hacerlo en bicicleta, coche o autobús, lo que lo hace accesible para viajeros con diferentes capacidades.

Estas cinco rutas comparten algo fundamental: transforman el acto de viajar en un encuentro personal con lugares que han sido considerados sagrados durante siglos. No se trata simplemente de llegar a un destino, sino de vivir el camino como un reto, de conectar con la naturaleza y con tradiciones ancestrales que siguen vivas. Cada una de estas peregrinaciones ofrece algo distinto —misterio artúrico, arqueología inca, espiritualidad budista, soledad desértica— pero todas comparten la promesa de que quien las camina regresará transformado.

El Kailash es un centro espiritual para millones de personas, y el recorrido es de una belleza tan impactante como espectacular
— Descripción de la experiencia en la kora del monte Kailash
La Conversación del Hearth Otra perspectiva de la historia
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¿Por qué crees que el Camino de Santiago se ha vuelto tan famoso cuando existen estas otras rutas que parecen igual de poderosas?

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Probablemente porque está cerca, porque está bien documentado y porque la infraestructura es accesible. Pero eso no significa que sea el único lugar donde ocurre la transformación. El Shikoku Henro en Japón lleva más de mil años atrayendo peregrinos, y el Camino Inca es arqueológicamente más antiguo aún.

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¿Qué diferencia hay entre un turista que camina el Camino de Santiago y alguien que va al Kailash?

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La intención, probablemente. Aunque también la dificultad. El Kailash requiere un permiso del gobierno chino, está a gran altitud, y no puedes hacerlo por libre. Eso filtra a los curiosos. Pero en el fondo, ambos buscan lo mismo: un encuentro consigo mismos.

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El desierto de Gobi suena brutal. ¿Quién va allí?

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Gente que busca soledad extrema. No es un destino fácil, pero eso es exactamente el punto. Cuando estás rodeado de nada más que arena durante días, no tienes opción: tienes que enfrentarte a ti mismo.

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¿Es necesario ser religioso para hacer estas rutas?

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No. Muchas personas que caminan el Shikoku no son budistas. Lo que buscan es la experiencia de estar en un lugar que ha sido considerado sagrado durante siglos. Esa energía, esa historia, existe independientemente de tu fe personal.

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¿Cuál de estas rutas recomendarías a alguien que nunca ha hecho nada parecido?

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Depende de lo que busque. Si quiere misterio y paisaje accesible, el Camino Celta. Si quiere arqueología y desafío, el Inca. Si quiere soledad absoluta, el Gobi. Pero todas ellas funcionan. Todas cambian a quien las camina.

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