Banco Central explica cómo los shocks petroleros de Medio Oriente llegan a la inflación local

Un conflicto en Medio Oriente termina inevitablemente en el estanque del auto
Cómo los shocks petroleros globales se transmiten a los precios locales de combustibles en Chile.

Cuando la guerra llega al estrecho de Ormuz, su eco resuena en las bencineras de Santiago: así lo documenta el Banco Central de Chile, que en su último Informe de Política Monetaria trazó el camino que recorre un shock petrolero desde el Golfo Pérsico hasta el bolsillo de las familias chilenas. La decisión del gobierno de Kast de suspender el mecanismo de estabilización de precios aceleró ese traspaso, empujando la inflación de 2,4% en febrero a 3,9% en mayo. La institución advierte que, aunque el impacto más inmediato ya se ha absorbido en gran medida, la incertidumbre sobre el conflicto en Medio Oriente mantiene vivos los riesgos inflacionarios.

  • El bloqueo iraní del estrecho de Ormuz encareció el 20% del petróleo mundial, y Chile, aunque importa crudo de mercados más cercanos, no pudo escapar a la lógica de los precios internacionales.
  • El gobierno eliminó el MEPCO —el escudo fiscal que amortiguaba las alzas— argumentando que su costo de hasta 200 millones de dólares semanales era insostenible, dejando a los consumidores expuestos al precio real del mercado.
  • La inflación escaló 1,5 puntos porcentuales en apenas tres meses, mientras las empresas de transporte, distribución y manufactura energointensiva absorbían o trasladaban el golpe según su capacidad.
  • El Banco Central estima que el traspaso directo —el que se ve en el surtidor— ya se materializó en su mayor parte, pero el efecto indirecto, más silencioso y persistente, sigue propagándose por servicios y cadenas de suministro.
  • Los riesgos al alza permanecen abiertos: la magnitud del shock, la imprevisibilidad del conflicto y una economía potencialmente más dinámica de lo previsto podrían prolongar las presiones sobre los precios.

A finales de marzo, los chilenos comenzaron a sentir en el surtidor el peso de una guerra lejana. El conflicto entre Estados Unidos, Israel e Irán derivó en el bloqueo del estrecho de Ormuz, por donde transita cerca del 20% del petróleo mundial, y los precios internacionales se dispararon. El gobierno del presidente Kast optó por no activar el MEPCO, el mecanismo que históricamente había amortiguado esas alzas, argumentando que su costo —entre 160 y 200 millones de dólares semanales— era fiscalmente inviable. El resultado fue directo: la inflación pasó de 2,4% en febrero a 3,9% en mayo.

El Banco Central se propuso entonces explicar la mecánica de ese contagio. Según su análisis, un alza del 10% en el barril de petróleo se traduce en un incremento de aproximadamente 5% en los precios de las gasolineras y en 0,2 puntos porcentuales en el IPC al cabo de un año. Aunque los combustibles representan solo el 2% de la canasta de consumo, su influencia se ramifica: encarece el transporte de carga, presiona los márgenes de distribución, ajusta las expectativas de inflación futura y erosiona el poder adquisitivo de los hogares.

Hasta mayo, los precios internacionales del petróleo habían subido cerca de 60% desde el inicio del shock, mientras los precios locales acumulaban alzas de alrededor del 30%, lo que sugería que el grueso del impacto directo ya se había materializado. El efecto indirecto resultó más contenido: algunas empresas prefirieron comprimir sus márgenes antes que trasladar costos, apostando a que el alza sería transitoria. Los sectores más expuestos a insumos energéticos —manufactura y comercio— registraron mayores presiones que los servicios, aunque estos últimos mostraron una persistencia mayor en el tiempo.

A pesar de ese relativo alivio, el Banco Central advirtió que los riesgos no habían desaparecido. La incertidumbre sobre la evolución del conflicto en Medio Oriente, la posibilidad de nuevos escalamientos y el dinamismo de la economía local mantenían abierta la puerta a presiones inflacionarias adicionales en los meses siguientes.

A finales de marzo, cuando los chilenos llenaban sus estanques de bencina, sintieron en el bolsillo el peso de una guerra que ocurría a miles de kilómetros. Los precios de los combustibles se dispararon tras el conflicto en Medio Oriente, y el Gobierno del presidente José Antonio Kast decidió dejar que esos aumentos internacionales se trasladaran directamente a las bencineras locales. El ministro de Hacienda, Jorge Quiroz, justificó la decisión señalando que mantener el Mecanismo de Estabilización de Precios de los Combustibles (MEPCO) costaba entre 160 y casi 200 millones de dólares semanales al fisco, un gasto insostenible en un contexto de austeridad fiscal.

Lo que sucedió después fue predecible pero no menos impactante: la inflación saltó de 2,4% en febrero a 3,9% en mayo. El Banco Central, en su último Informe de Política Monetaria, se propuso explicar cómo un shock petrolero en el Golfo Pérsico termina afectando el poder adquisitivo de una familia en Santiago. El análisis reveló que la mayoría de esas presiones inflacionarias ya se habían reflejado directamente en los precios de las gasolinas, lo que sugería que los riesgos más agudos podrían estar comenzando a equilibrarse, aunque no desaparecían del todo.

El origen del problema fue claro: la guerra entre Estados Unidos e Israel contra Irán llevó a este último a bloquear el estrecho de Ormuz, una ruta geográfica por donde circula aproximadamente el 20% del petróleo y gas natural del mundo. Aunque Chile importa petróleo de mercados más cercanos en el continente, los precios se fijan en mercados internacionales, por lo que un conflicto en Medio Oriente inevitablemente se traduce en cuánto cuesta llenar un estanque en cualquier gasolinera chilena.

Según el Banco Central, un aumento del 10% en el precio del barril de petróleo genera un incremento de aproximadamente 5% en los precios de las gasolineras dentro de un año, lo que equivale a 0,2 puntos porcentuales en el Índice de Precios al Consumidor. Los combustibles representan alrededor del 2% del costo total de bienes y servicios que consumen los hogares, pero ese porcentaje es engañosamente pequeño: el efecto se propaga a través de múltiples canales. Las empresas de transporte, que dependen del diésel, absorben directamente el golpe. Los servicios de distribución suben sus precios. Las expectativas de inflación futura se ajustan. El poder adquisitivo de las familias disminuye, lo que reduce la demanda de otros productos.

Hasta mayo, el traspaso observado fue considerado acorde a lo anticipado. Mientras los precios internacionales del petróleo y sus derivados aumentaron aproximadamente 60% desde el inicio del shock, los precios locales de los combustibles acumularon alzas cercanas al 30%, sugiriendo que la mayor parte del impacto directo ya se había materializado. El efecto indirecto, en cambio, fue más contenido de lo que podría haberse temido. Algunas empresas absorbieron parte del aumento mediante márgenes reducidos, posiblemente porque esperaban que el alza del petróleo fuera transitoria o porque sus ventas no eran suficientes para trasladar completamente los costos.

Por sectores, los datos mostraban un patrón claro: las empresas de manufactura y comercio más expuestas a insumos energéticos registraron mayores alzas de precios que aquellas menos dependientes del petróleo. Los servicios, por su parte, reaccionaron de forma más acotada en el corto plazo, pero con una persistencia mayor que la de los bienes, lo que sugería que el efecto inflacionario podría extenderse en el tiempo.

A pesar de que el comportamiento de la inflación se ajustaba a lo esperado, el Banco Central advirtió que los riesgos no habían desaparecido. La magnitud del shock, la incertidumbre sobre cómo evolucionaría el conflicto en Medio Oriente y la posibilidad de que la economía fuera más dinámica de lo previsto mantenían abierta la puerta a presiones inflacionarias al alza. El ente emisor reconoció que debía seguir evaluando cómo el incremento del petróleo y sus derivados se propagaría al resto de la economía en los meses siguientes.

Mantener el Mecanismo de Estabilización de Precios de los Combustibles costaba entre 160 y casi 200 millones de dólares semanales al fisco
— Ministro de Hacienda Jorge Quiroz
La mayor parte del traspaso directo ya se ha observado, mientras el traspaso indirecto ha sido más acotado y acorde a lo anticipado
— Banco Central de Chile
La Conversación del Hearth Otra perspectiva de la historia
Inventor

¿Por qué un conflicto en Medio Oriente afecta tanto los precios en Chile si no compramos petróleo de allá?

Model

Porque el petróleo se transa en mercados globales. No importa de dónde lo importemos; el precio se fija internacionalmente. Un bloqueo en el Estrecho de Ormuz reduce la oferta mundial, y eso sube el precio para todos.

Inventor

Entiendo el efecto directo en la bencina. Pero ¿cómo llega a otros precios?

Model

A través de múltiples canales. Un transportista paga más diésel, así que sube sus tarifas. Un comerciante que recibe mercancía paga más flete. Las expectativas de inflación se ajustan. La gente compra menos porque tiene menos poder adquisitivo. Todo eso presiona los precios hacia arriba.

Inventor

El Banco Central dice que el traspaso indirecto fue "más acotado" de lo esperado. ¿Eso es bueno?

Model

Parcialmente. Significa que algunas empresas absorbieron el golpe en lugar de trasladarlo completamente. Pero eso también puede ser frágil: si esperaban que el aumento fuera temporal y resulta ser permanente, eventualmente tendrán que ajustar precios.

Inventor

¿Qué sectores sufrieron más?

Model

Los más expuestos a combustibles: transporte, logística, manufactura. Pero los servicios también subieron, solo que de forma más lenta. El efecto en servicios tiende a ser más persistente, así que el problema podría extenderse en el tiempo.

Inventor

¿El Banco Central cree que lo peor ya pasó?

Model

Parcialmente. Dice que la mayor parte del impacto directo ya se observó. Pero advierte que persisten riesgos: si el conflicto se intensifica o dura más, podría haber nuevas ondas de presión inflacionaria.

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