Antes de asumir formalmente el poder, el presidente electo colombiano Abelardo De La Espriella ha trazado una nueva geometría diplomática para el país: cerrar catorce embajadas y cerca de quince consulados que considera onerosos e injustificables, mientras abre puertas en Jerusalén y Nigeria. La decisión, anunciada desde las redes sociales el 26 de julio, no es solo un ejercicio de austeridad fiscal, sino una declaración de principios sobre qué relaciones merecen el peso del Estado y cuáles no. En el fondo, Colombia se pregunta, como tantas naciones, cuánta presencia en el mundo puede costear