Hay edades que el mercado laboral declara invisibles, no por decreto sino por silencio: el currículum que no recibe respuesta, la entrevista que termina en promesas vacías. Bernardo Rivero, exdirector general de dos multinacionales estadounidenses, vivió ese silencio durante años tras cumplir 55, hasta que a los 62 decidió dejar de pedir permiso y fundó Doggy Bravo, un local de perritos calientes en Madrid que hoy vende cientos de unidades diarias y planea expandirse en franquicias. Su historia no habla de genialidad empresarial, sino de algo más antiguo y más difícil: la negativa a aceptar qu