David Gross, quien en 2004 recibió el Nobel de Física por revelar cómo los quarks se comportan a distancias ínfimas, ha trasladado su mirada desde el interior del átomo hacia el horizonte de la civilización. Con la misma lógica de probabilidades acumuladas que aplicó a la materia, advierte que las posibilidades de supervivencia humana a largo plazo son inquietantemente bajas. No es el grito de un alarmista, sino el cálculo sereno de quien ha pasado décadas entendiendo cómo los sistemas complejos se estabilizan o colapsan.