En las profundidades de la Cordillera de los Andes, la ciencia ha encontrado en la montaña misma su aliada más antigua: miles de metros de roca que, formados durante millones de años, ahora sirven como escudo contra la radiación cósmica que bombardea incesantemente la Tierra. Un laboratorio subterráneo construido en este entorno transforma la geología en instrumento, permitiendo a los físicos de partículas escuchar señales del universo que en la superficie quedarían sepultadas bajo el ruido del cosmos. Es un recordatorio de que la naturaleza, a veces, ya construyó lo que la ciencia necesita.