A finales de agosto, más de doscientos empresarios de México y El Salvador se congregan en San Salvador para transformar décadas de intercambio comercial en alianzas concretas de inversión, producción e innovación. El encuentro no es un gesto diplomático aislado: descansa sobre una base de tres mil quinientos millones de dólares en movimiento bilateral y la posición de México como puerta de acceso a cincuenta países. En la historia de la integración regional latinoamericana, este congreso representa un momento en que dos economías deciden pasar del comercio a la cocreación.