Estudio revela que emociones y cultura, no solo información, explican baja prevención sexual en Chile

Las brechas en prevención sexual exponen a la población chilena a mayor riesgo de infecciones de transmisión sexual y VIH, con impacto diferenciado por género.
Hay una brecha clara entre la intención y la conducta real
Los investigadores explican por qué el conocimiento sobre prevención no se traduce en acciones protectoras.

En Chile, saber no es suficiente para protegerse: aunque la mayoría de los adultos conoce los métodos de prevención del VIH y las infecciones de transmisión sexual, solo uno de cada cuatro usa condón de manera consistente y apenas uno de cada seis se ha realizado una prueba en el último año. Un estudio publicado en Scientific Reports revela que las verdaderas barreras no son informativas, sino emocionales, culturales y relacionales —el placer percibido, la confianza en la pareja, el silencio familiar sobre la sexualidad— que se instalan mucho antes de que comience la vida sexual activa. La distancia entre lo que se sabe y lo que se hace es, en el fondo, una distancia humana.

  • Solo el 23% de los chilenos usa condón de forma consistente, pese a que el 80% sabe que previene el VIH: el conocimiento existe, pero no alcanza para cambiar la conducta.
  • Cuatro de cada diez personas creen que el condón reduce el placer masculino, y cerca del 30% lo abandona en parejas estables por asociarlo a desconfianza o sospecha de infidelidad.
  • El 68,3% no se realiza exámenes de detección porque no se siente en riesgo, una percepción que persiste incluso entre quienes reconocen la importancia de la detección temprana.
  • Las mujeres consultan al sistema de salud sobre sexualidad casi tres veces más que los hombres, quienes carecen de instancias regulares para recibir orientación o acceder a pruebas.
  • El 71% creció en hogares donde nunca se habló de sexualidad, y más de la mitad evaluó la educación sexual recibida en la escuela como mala o muy mala, revelando décadas de silencio estructural.
  • Los investigadores exigen pasar de campañas informativas a intervenciones que aborden los determinantes emocionales y culturales del comportamiento desde la infancia.

En Chile, apenas uno de cada cuatro adultos usa condón de manera consistente, y menos de uno de cada seis se ha realizado una prueba de VIH en el último año. Un estudio publicado en Scientific Reports, basado en datos de más de veinte mil personas, muestra que el problema no es falta de información: el 80% sabe que el condón previene el VIH. La brecha está en otro lugar.

Las creencias sobre el placer son una barrera central. El 41,6% considera que el condón reduce el disfrute sexual masculino, y cerca del 30% lo abandona dentro de relaciones estables porque lo asocia a desconfianza. En cuanto a los exámenes, dos tercios de quienes no se los realizaron dijeron simplemente que no se sentían expuestos, aunque reconocen la importancia de la detección temprana. La sensación de vulnerabilidad no acompaña al conocimiento.

Las diferencias de género agravan el cuadro: casi siete de cada diez mujeres han consultado a un profesional de salud sobre sexualidad, frente a menos de uno de cada cuatro hombres. Ellos tienen menos contacto con el sistema sanitario y menos oportunidades de recibir orientación. Además, solo uno de cada diez conoce la profilaxis preexposición.

La raíz del problema se hunde en la infancia. El 71% creció en hogares donde nunca se habló de sexualidad. Solo tres de cada diez recuerdan educación sexual en la enseñanza básica, y más de la mitad de quienes la recibieron la calificó como mala o muy mala. Las creencias sobre el placer, el autocuidado y la pareja se forman mucho antes del inicio de la vida sexual, y con frecuencia se forman en silencio.

Los autores del estudio concluyen que las políticas de salud sexual deben ir más allá de las campañas informativas. Se necesitan intervenciones que transformen la narrativa sobre el placer asociado al condón, fortalezcan la educación sexual desde la infancia y consideren las diferencias de género en el acceso a la salud. El desafío no es que la gente no sepa qué hacer, sino entender por qué, aun sabiéndolo, muchas veces no lo hace.

En Chile, apenas uno de cada cuatro adultos usa condón de manera consistente. Menos aún —apenas uno de cada seis— se ha realizado una prueba de VIH o infecciones de transmisión sexual en el último año. Estas cifras, que podrían parecer simples estadísticas de salud pública, esconden una verdad más compleja: la gente no se protege no porque desconozca los riesgos, sino porque sus emociones, sus relaciones y su historia personal interfieren entre lo que saben que deberían hacer y lo que realmente hacen.

Un estudio publicado en Scientific Reports analizó datos de más de veinte mil adultos chilenos para entender por qué ocurre esta brecha. La investigación, que contó con la participación de Salvador Chacón-Moscoso de la Universidad Autónoma de Chile, utilizó información de la Encuesta Nacional de Salud, Sexualidad y Género de 2022 y 2023, combinando herramientas de las ciencias del comportamiento para ir más allá de lo obvio. Lo que encontró fue que el conocimiento sobre prevención existe —el ochenta por ciento de las personas encuestadas identifica claramente que el condón previene el VIH y otras infecciones— pero ese conocimiento no se traduce en acción.

La percepción del placer sexual emerge como una de las barreras más poderosas. Cuatro de cada diez participantes creen que los condones reducen el placer en los hombres. Casi la mitad rechaza la idea de que su uso pueda aumentar el disfrute sexual. Aproximadamente uno de cada tres considera que también disminuye el placer en las mujeres. Estas creencias no son neutrales: cuando se combinan con una imagen negativa del preservativo, influyen directamente en la decisión de usarlo de forma consistente. Dentro de las relaciones estables, el problema se agudiza. El condón deja de usarse porque se asocia a desconfianza, a sospechas de infidelidad, a la idea de que el vínculo afectivo es suficiente para reducir riesgos. Cerca del treinta por ciento de los encuestados mostró una postura ambivalente frente a la necesidad de seguir protegiéndose incluso dentro de una pareja.

En cuanto a los exámenes de detección, la barrera principal no es la ignorancia sino la percepción personal del riesgo. Dos tercios de quienes no se realizaron una prueba en el último año afirmaron que no lo hicieron porque no se sentían expuestos. Esto ocurre a pesar de que más del ochenta y cinco por ciento de los encuestados sabe que el condón reduce la transmisión del VIH y reconoce la importancia de la detección temprana. El conocimiento existe. La sensación de vulnerabilidad, no.

Las diferencias entre hombres y mujeres revelan otra dimensión del problema. Casi siete de cada diez mujeres han consultado alguna vez a un profesional de salud sobre sexualidad o infecciones de transmisión sexual. Entre los hombres, esa cifra cae a menos de uno de cada cuatro. Los investigadores sugieren que esto ocurre porque las mujeres tienen más contacto con el sistema sanitario a través de controles ginecológicos y de salud reproductiva, mientras que los hombres cuentan con menos instancias para recibir orientación o acceder a pruebas. Además, solo uno de cada diez encuestados conoce la profilaxis preexposición, un medicamento que reduce significativamente el riesgo de adquirir el VIH.

La raíz de estas decisiones se hunde profundamente en la infancia. El setenta y uno por ciento de los encuestados señaló que durante su niñez nunca se habló de sexualidad en su familia. Solo tres de cada diez recuerdan haber recibido educación sexual en la enseñanza básica, y poco más de la mitad en la enseñanza media. Entre quienes sí tuvieron acceso a estos contenidos, más de la mitad los evaluó como malos o muy malos. Solo uno de cada tres conversó con su pareja sobre estos temas antes de la primera relación sexual. Las creencias sobre el placer, el autocuidado y las relaciones de pareja se construyen mucho antes del inicio de la vida sexual activa, y en muchos casos, esa construcción ocurre en silencio.

Los investigadores plantean que el desafío para las políticas públicas de salud sexual es profundo. Entregar información sobre riesgos y métodos de prevención no es suficiente si no se consideran los factores emocionales, sociales y culturales que realmente determinan las decisiones. Francisco Chacón-Moscoso, uno de los autores del estudio, señala que se requieren intervenciones que aborden los determinantes emocionales, sociales y estructurales del comportamiento, no solo campañas informativas. El informe propone cambiar la forma en que se habla del placer asociado al condón, fortalecer la educación sexual desde la infancia, y desarrollar estrategias de acceso a la salud sexual que incorporen las diferencias de género y las distintas formas en que las personas se relacionan con el sistema sanitario. En materia de prevención del VIH y las infecciones de transmisión sexual, el principal desafío no es que la gente desconozca qué medidas debe tomar, sino comprender por qué, aun teniendo esa información, muchas veces no logra incorporarlas en sus conductas cotidianas.

Las estrategias centradas exclusivamente en entregar información probablemente son insuficientes. Se requieren intervenciones que aborden los determinantes emocionales, sociales y estructurales del comportamiento.
— Francisco Chacón-Moscoso, autor del estudio
A Conversa do Hearth Outra perspectiva sobre a história
Inventor

¿Por qué el estudio se enfoca tanto en las emociones y no solo en la falta de información?

Model

Porque la información existe. El ochenta por ciento sabe que el condón previene el VIH. Pero eso no cambia el comportamiento. Hay algo entre el saber y el hacer que la información no alcanza a tocar.

Inventor

¿Qué es ese algo?

Model

La creencia de que el condón reduce el placer. La confianza en la pareja. La vergüenza de hablar de sexo. La sensación de que uno no está en riesgo. Son cosas que se sienten, no que se piensan.

Inventor

Entonces, ¿cómo se cambia eso?

Model

No con folletos. Se cambia hablando de sexo desde la infancia, sin tabúes. Se cambia reconociendo que el placer y la protección no son enemigos. Se cambia cuando los hombres tienen las mismas oportunidades que las mujeres para acceder a orientación en salud sexual.

Inventor

¿Cuál es la brecha más preocupante que encontraron?

Model

Que el treinta por ciento de las personas en parejas estables cree que usar condón significa desconfianza. Eso es una trampa emocional. Significa que la gente elige entre protegerse o confiar, cuando debería poder hacer ambas cosas.

Inventor

¿Y los exámenes de detección?

Model

Ahí el problema es diferente. No es que la gente no sepa que debe hacerse pruebas. Es que dos tercios de quienes no se las hacen simplemente no creen que estén en riesgo. Es una ilusión de seguridad.

Inventor

¿Qué debería cambiar primero?

Model

La educación sexual desde la infancia. Si el setenta y uno por ciento nunca habló de sexo en su familia, estamos construyendo adultos que toman decisiones sobre su cuerpo sin herramientas emocionales ni información. Eso es lo fundamental.

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