La acusación revelaba la soberbia del imperio ante la firmeza de la Revolución
En La Habana, miles de cubanos marcharon frente a la Embajada de Estados Unidos convocados por su propio Gobierno, en un gesto que convierte la calle en argumento diplomático. La acusación formal de Washington contra Raúl Castro por el derribo de aviones en 1996 —que costó la vida a cuatro personas— ha reabierto una herida histórica que ninguna de las dos naciones ha sabido cerrar del todo. Cuba responde a la ley con la multitud, y Estados Unidos responde a la historia con cargos penales; entre ambos gestos, el futuro de un posible acuerdo queda suspendido en el aire.
- La acusación formal del Departamento de Justicia de EE.UU. contra Raúl Castro por conspiración para matar ciudadanos estadounidenses sacudió la frágil arquitectura diplomática que ambos países habían comenzado a construir.
- El Gobierno cubano movilizó a miles de personas hacia la Tribuna Antiimperialista en un acto diseñado para mostrar unidad interna y desafío externo, con Díaz-Canel al frente y la familia Castro presente en las gradas.
- La oferta de cien millones de dólares que la administración Trump había puesto sobre la mesa como parte de posibles negociaciones ahora pende de un hilo, sin que nadie sepa si sobrevivirá a la tormenta política.
- El nieto de Raúl Castro, conocido como El Cangrejo, había sido el canal discreto entre La Habana y Washington; su presencia en la marcha señala que ese canal, al menos por ahora, está bajo una presión enorme.
- Cuba enmarca el derribo de 1996 como legítima defensa; EE.UU. lo llama asesinato: dos relatos irreconciliables que determinan si lo que viene es diálogo o confrontación.
La madrugada del viernes, miles de cubanos convergieron hacia la Tribuna Antiimperialista José Martí, el espacio que se alza directamente frente a la Embajada de Estados Unidos en La Habana. Habían sido convocados por el Gobierno para rechazar la acusación que Washington formalizó días antes contra el exlíder Raúl Castro, y llegaron portando un mensaje cargado de significado político: Raúl es Raúl.
El presidente Miguel Díaz-Canel encabezó la manifestación y publicó en redes sociales que la acusación revelaba la soberbia y frustración de los representantes estadounidenses ante la firmeza de la Revolución. Para el Gobierno cubano, el derribo de dos aviones de Hermanos al Rescate en 1996 —que causó la muerte de tres ciudadanos estadounidenses y un residente permanente— fue un acto de legítima defensa, no un crimen. Washington, en cambio, acusa a Castro de conspiración para matar ciudadanos estadounidenses, destrucción de aeronaves y asesinato.
Raúl Castro no estuvo presente, pero su familia sí: sus hijos Alejandro y Mariela Castro Espín asistieron, al igual que su nieto Raúl Guillermo Rodríguez Castro, conocido como El Cangrejo. Este último se había convertido en el principal interlocutor entre La Habana y la administración Trump, reuniéndose al menos dos veces con funcionarios del Departamento de Estado en busca de un posible acuerdo diplomático.
El canciller Bruno Rodríguez también tomó la palabra, calificando la acusación de farsa y reafirmando el derecho de Cuba a la legítima defensa. La Embajada de EE.UU. había advertido el día anterior sobre la manifestación, alertando sobre mayor presencia policial y desvíos de tráfico en los alrededores de su sede.
Lo que quedó en el aire fue el futuro de las negociaciones. La administración Trump había ofrecido cien millones de dólares como parte de un posible entendimiento, pero la acusación formal y una reciente visita de la CIA a la isla oscurecieron ese panorama. Cuba eligió responder no con negociación sino con movilización, dejando sin respuesta la pregunta más urgente: si aún hay camino para el diálogo.
La madrugada del viernes en La Habana amaneció con miles de cubanos convergiendo hacia la Tribuna Antiimperialista José Martí, el espacio que se alza directamente frente a la Embajada de Estados Unidos. Habían sido convocados por el Gobierno para una marcha de apoyo, y llegaron portando un mensaje simple pero cargado de significado político: Raúl es Raúl. Lo que se desplegaba en las calles era una respuesta directa a una acusación que Washington había formalizado apenas días antes contra el exlíder cubano, acusación que el Gobierno de La Habana rechazaba como un acto de hostilidad sin fundamento legal.
Miguel Díaz-Canel, presidente de Cuba, encabezaba la manifestación. Su presencia no era simbólica sino declarativa: estaba allí para rechazar lo que consideraba una maniobra política del imperio. En un mensaje publicado en redes sociales, acompañado de video de su asistencia, Díaz-Canel escribió que la acusación revelaba la soberbia y frustración de los representantes estadounidenses ante la firmeza inquebrantable de la Revolución Cubana. Describió el derribo de aviones de 1996, el incidente que ahora motivaba la acusación, como un acto de legítima defensa. Para el Gobierno cubano, la acusación no era justicia sino un paso más en lo que veían como una campaña para fabricar pretextos para una agresión militar.
El Departamento de Justicia estadounidense había señalado a Raúl Castro el miércoles como presunto responsable del derribo de dos aviones pertenecientes a Hermanos al Rescate, una organización de exiliados cubano-estadounidenses. El incidente ocurrió en 1996, cuando Castro ocupaba el cargo de ministro de Defensa. Cuatro personas murieron en el ataque: tres ciudadanos estadounidenses y un residente permanente. Washington lo acusaba de conspiración para matar ciudadanos estadounidenses, destrucción de aeronaves y asesinato. Para La Habana, sin embargo, la narrativa era radicalmente distinta: una acción defensiva contra una amenaza.
Raúl Castro no asistió a la manifestación, pero su presencia se sintió a través de su familia. Dos de sus hijos, Alejandro y Mariela Castro Espín, estuvieron presentes. También acudió Raúl Guillermo Rodríguez Castro, nieto del exlíder y figura que ha adquirido un peso político inesperado en los últimos meses. Conocido como El Cangrejo, Rodríguez Castro se ha convertido en el principal interlocutor entre La Habana y la administración Trump en conversaciones sobre un posible acuerdo diplomático. Hasta finales de abril, se había reunido al menos dos veces en persona con funcionarios del Departamento de Estado estadounidense, quienes lo veían como la persona más cercana a Raúl Castro y potencialmente capaz de ordenar cambios drásticos en las relaciones bilaterales.
Bruno Rodríguez, canciller de Cuba, también estuvo presente en la Tribuna Antiimperialista. En su mensaje, describió el acto como una reafirmación patriótica y expresó rechazo no solo a la acusación sino también a lo que Cuba considera un cerco económico y militar estadounidense: el embargo, las amenazas de intervención, las sanciones secundarias y el bloqueo petrolero. Rodríguez calificó la acusación de farsa y dijo que pretendía reforzar una narrativa fraudulenta para justificar una agresión reforzada contra el pueblo cubano. Ratificó el derecho de Cuba a la legítima defensa y el compromiso inquebrantable con la defensa de la Patria, la Revolución y el Socialismo.
La Embajada de Estados Unidos había alertado el jueves que la manifestación se llevaría a cabo en la plaza frente a su sede, advirtiendo sobre una mayor presencia policial, desvíos de tráfico e interrupciones en los desplazamientos que podrían afectar el acceso desde la noche anterior. Lo que sucedía en esas calles era más que una protesta de rutina: era un momento de tensión diplomática que ponía en riesgo negociaciones que habían estado en marcha.
Lo que quedaba incierto era el futuro de esas conversaciones diplomáticas. La administración Trump había puesto sobre la mesa una ayuda de cien millones de dólares como parte de posibles negociaciones. Pero la acusación formal contra Castro, sumada a una visita reciente de la CIA a la isla, había oscurecido el panorama. Nadie sabía con certeza qué pasaría ahora con esos diálogos, ni si la oferta económica seguiría en pie. Lo que era claro era que el Gobierno cubano había elegido responder no con negociación sino con movilización, llevando a sus ciudadanos a las calles para reafirmar su posición.
Citas Notables
Se trata de una acción política, sin ningún basamento jurídico, que solo busca engrosar el expediente que fabrican para justificar el desatino de una agresión militar a Cuba— Miguel Díaz-Canel, presidente de Cuba
Cuba no renunciará a su derecho inalienable a la legítima defensa. Ratificamos nuestro firme respaldo al general de ejército y el compromiso inquebrantable con la defensa de la Patria, la Revolución y el Socialismo— Bruno Rodríguez, canciller de Cuba
La Conversación del Hearth Otra perspectiva de la historia
¿Por qué el Gobierno cubano convocó a esta marcha precisamente ahora, cuando estaban en negociaciones con Trump?
Porque la acusación formal era un golpe que no podían dejar pasar sin respuesta. Ceder silenciosamente habría sido interpretado como debilidad. Necesitaban demostrar unidad interna y que Raúl Castro seguía siendo una figura intocable para la isla.
¿Quién es realmente Raúl Guillermo Rodríguez Castro en todo esto?
Es la pieza más extraña del tablero. Es el nieto de Raúl, casi siempre a su lado, pero de repente se convierte en el negociador con Trump. Los estadounidenses lo ven como el único que podría ordenar cambios reales. Su presencia en la marcha fue un mensaje: sigue siendo familia, sigue siendo leal.
¿Qué significa que la acusación sea por un evento de 1996?
Significa que esto no es nuevo. El derribo de esos aviones fue un punto de quiebre hace treinta años. Pero ahora, con Cuba debilitada tras la caída de Maduro en Venezuela, Estados Unidos decidió que era el momento de formalizar la acusación. Es una jugada de poder, no de justicia.
¿Realmente creen en La Habana que fue legítima defensa?
Para ellos, sí. Ven a Hermanos al Rescate como una organización hostil financiada por exiliados estadounidenses. Desde su perspectiva, derribar esos aviones fue proteger el espacio aéreo cubano. Es una lectura completamente distinta de los mismos hechos.
¿Qué pasa con esos cien millones de dólares ahora?
Nadie lo sabe. Trump los puso en la mesa como incentivo para negociar cambios. Pero una acusación formal cambia el juego. Es difícil imaginar que siga adelante mientras Castro enfrenta cargos de conspiración para matar ciudadanos estadounidenses.