En los laboratorios de la Universidad de Rutgers, un grupo de mujeres de mediana edad y mayores ofreció una pista inesperada sobre el envejecimiento: no solo cuánto comemos, sino cuándo lo hacemos, podría moldear la mente con el paso de los años. Un ensayo piloto de seis meses reveló que comprimir la alimentación en una ventana de ocho horas produjo mejoras cognitivas que la pérdida de peso sola no explicaba, abriendo una pregunta que la ciencia aún no ha terminado de responder.