La excepción es real, pero requiere que nades hacia ella
Desde el 1 de julio de 2026, Chile da un paso irreversible en la seguridad financiera digital: la Comisión para el Mercado Financiero exige ahora que cada transferencia bancaria crítica sea verificada con al menos dos factores independientes, poniendo fin a décadas de dependencia en las tarjetas de coordenadas de plástico. El cambio responde al aumento sostenido del fraude digital y la suplantación de identidad, pero también revela una tensión más profunda: el progreso tecnológico no llega a todos al mismo ritmo ni con el mismo costo.
- Los fraudes digitales se multiplicaron hasta hacer insostenible el viejo sistema de coordenadas, forzando a la CMF a imponer una transformación estructural en la banca chilena.
- Millones de usuarios deben ahora enrolarse biométricamente, activar aplicaciones de seguridad y adaptar sus hábitos bancarios antes de que sus tarjetas físicas queden inutilizadas para operaciones críticas.
- Adultos mayores, personas con discapacidad y quienes carecen de teléfonos inteligentes compatibles enfrentan el riesgo concreto de quedar excluidos del sistema financiero digital.
- La CMF habilitó excepciones para los grupos más vulnerables, pero estas no son automáticas: cada persona debe solicitarlas y demostrar que cumple con los perfiles establecidos.
- La transición avanza de forma gradual, dejando a los bancos como responsables de comunicar y acompañar el cambio, con resultados que serán desiguales según el perfil de cada usuario.
El 1 de julio de 2026, la Comisión para el Mercado Financiero (CMF) puso en marcha la Autenticación Reforzada de Clientes, el cambio más significativo en años para la banca digital chilena. Las tarjetas de coordenadas de plástico, estándar de seguridad durante décadas, ya no pueden usarse como único mecanismo para autorizar transferencias a nuevos destinatarios o montos elevados. Ahora se exigen al menos dos factores independientes.
El nuevo esquema se organiza en tres categorías: algo que conoces —contraseña o PIN—, algo que posees —un dispositivo verificado que genera claves dinámicas— y algo que eres —biometría facial, huella dactilar o voz—. Para operar sin interrupciones, los usuarios deben completar el enrolamiento biométrico y activar las aplicaciones de seguridad de sus bancos.
Sin embargo, la CMF reconoció que imponer esta migración de forma universal sería excluyente. Emitió una actualización que permite a los bancos mantener activas las tarjetas de coordenadas para adultos mayores, personas con condiciones de salud deteriorada o discapacidad, quienes tengan dificultades para acceder a sucursales, y quienes no posean un teléfono inteligente compatible. Esta última categoría expone una brecha real: Chile ha avanzado en conectividad, pero no de manera uniforme.
La excepción existe, pero no es automática: debe solicitarse y acreditarse. Lo que viene es una eliminación gradual, no un apagón inmediato. Para muchos, el cambio será una molestia menor. Para otros, representará una barrera concreta. Y para algunos, una puerta que se cierra antes de que hayan podido prepararse.
El miércoles 1 de julio llegó a Chile un cambio que afecta a cualquiera que haya transferido dinero alguna vez. La Comisión para el Mercado Financiero (CMF) puso en marcha la Autenticación Reforzada de Clientes, una normativa que reemplaza el sistema de tarjetas de coordenadas de plástico por un esquema de verificación multifactor. Es el cambio más significativo en años para las operaciones bancarias digitales del país, y marca el fin de una era para millones de usuarios.
La medida responde a una realidad incómoda: los fraudes digitales y la suplantación de identidad se multiplicaron. Los bancos ya no pueden autorizar operaciones críticas —transferencias a nuevos destinatarios, montos altos— usando solo las coordenadas que durante décadas fueron el estándar de seguridad. Ahora están obligados a exigir algo más robusto. El nuevo sistema cruza al menos dos factores independientes de seguridad, extraídos de tres categorías distintas.
La primera es algo que conoces: tu contraseña digital, tu clave de internet, tu PIN habitual. La segunda es algo que posees: un dispositivo verificado, típicamente tu teléfono inteligente, donde se genera una clave dinámica a través de la aplicación de tu banco. La tercera es algo que eres: tu rostro, tu huella dactilar, tu voz. Estos tres pilares —conocimiento, posesión, identidad biométrica— forman la arquitectura del nuevo sistema. Para que funcione sin fricciones, los usuarios que aún dependen de tarjetas físicas deben realizar lo que los bancos llaman "enrolamiento biométrico", activar la aplicación de seguridad correspondiente, evitar bloqueos inesperados cuando intenten mover dinero.
Pero la CMF no cerró la puerta completamente a las tarjetas de coordenadas. Reconociendo que la tecnología digital puede dejar gente atrás, emitió una actualización que permite a los bancos mantenerlas activas para ciertos segmentos. Los adultos mayores pueden solicitar excepción. También las personas con condiciones de salud deteriorada o discapacidad. También quienes tengan dificultades severas para acceder a sucursales. Y también —quizá la categoría más reveladora— quienes simplemente no posean un teléfono inteligente compatible con las aplicaciones bancarias.
Esta última excepción expone una tensión real. Chile ha avanzado en conectividad digital, pero no uniformemente. Hay usuarios que no tienen acceso a dispositivos compatibles, o que no pueden permitirse el costo de mantenerlos actualizados. La CMF reconoció que obligar a todos a migrar sería excluyente. Pero la excepción también es limitada: no es automática. Hay que solicitarla. Hay que demostrar que cumples con uno de esos perfiles. Es un salvavidas, pero requiere que nades hacia él.
Lo que sucede a partir de ahora es una transición. No es un apagón inmediato de las tarjetas de coordenadas, sino una eliminación gradual. Los bancos siguen siendo responsables de implementar el cambio, de comunicarlo, de asegurar que sus usuarios entiendan qué hacer. Para muchos, será una molestia menor: descargar una app, registrar tu huella, acostumbrarse a un nuevo flujo. Para otros, será una barrera real. Y para algunos, será una puerta que se cierra sin que hayan tenido oportunidad de prepararse.
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La CMF reconoció que obligar a todos a migrar sería excluyente, pero la excepción requiere que el usuario la solicite activamente— Análisis de la normativa de la CMF
A Conversa do Hearth Outra perspectiva sobre a história
¿Por qué ahora? ¿Qué cambió para que la CMF decidiera eliminar las tarjetas de coordenadas después de tanto tiempo?
El fraude digital explotó. Las tarjetas de coordenadas son predecibles, vulnerables. Una vez que alguien obtiene tu tarjeta, puede interceptar esos números. La biometría y los tokens dinámicos son mucho más difíciles de falsificar.
Pero millones de personas han usado coordenadas sin problemas durante años. ¿No es un cambio innecesariamente disruptivo?
Para algunos usuarios, sí. Pero la CMF está pensando en escala. Un fraude masivo afecta a toda la confianza del sistema. Es un trade-off entre comodidad individual y seguridad colectiva.
¿Y qué pasa con alguien de 80 años que no sabe usar un teléfono inteligente? ¿Queda atrapado?
Teóricamente no. Puede solicitar una excepción y mantener su tarjeta. Pero eso requiere que sepa que la excepción existe, que sepa cómo solicitarla, que tenga acceso a un banco para hacerlo. No es automático.
Entonces la excepción es real, pero incompleta.
Exacto. Es un reconocimiento de que no todos pueden migrar al mismo ritmo. Pero deja la responsabilidad en el usuario de buscar ayuda, en lugar de que el sistema se adapte a él.
¿Cuál es el riesgo mayor aquí? ¿La seguridad o la exclusión?
Probablemente ambos, pero en direcciones opuestas. Sin el cambio, crece el fraude. Con el cambio mal implementado, crece la exclusión. La CMF apostó a que las excepciones lo resolverían. Veremos si fue suficiente.