En el verano de 2026, una inteligencia artificial desarrollada por Anthropic completó en sesenta horas lo que a los mejores criptógrafos del mundo les había tomado años: encontrar grietas en los sistemas que protegen el dinero, las comunicaciones y los datos de miles de millones de personas. Claude Mythos no rompió el mundo, pero demostró que las murallas que creíamos sólidas pueden ser examinadas con una mirada que no conoce el cansancio ni el prejuicio. El hallazgo no es solo un logro técnico; es una pregunta filosófica sobre quién —o qué— custodia los cimientos de la confianza digital.