Cine y amor frente a la aporofobia del Parlamento Europeo

Cientos de individuos, parejas y familias desalojadas viven en la calle en Mallorca; el Parlamento Europeo aprobó deportaciones inmediatas que afectarán a migrantes vulnerables.
La crueldad se normaliza cuando los parlamentos votan la indiferencia
Reflexión sobre cómo la política europea de deportaciones se convierte en práctica cotidiana de expulsión.

En el cruce entre la política continental y la realidad insular, Europa ha elegido el endurecimiento como respuesta a la vulnerabilidad humana. Más de cuatrocientos eurodiputados votaron esta semana para acelerar deportaciones y crear centros de expulsión fuera de la Unión, mientras en Mallorca, personas sin hogar son desalojadas de parques y plazas en una isla donde el trabajo existe pero la vivienda digna se ha vuelto inalcanzable. Lo que se revela no es solo una política migratoria, sino una decisión civilizatoria sobre a quién se le concede el derecho de permanecer.

  • Más de 400 eurodiputados de derecha y extrema derecha aprobaron órdenes de expulsión inmediata sin posibilidad de apelación, señalando a Uganda, Túnez y Egipto como destinos.
  • En Mallorca, centenares de personas —solas, en pareja o en familia— duermen en bancas y caravanas en una isla con pleno empleo pero sin vivienda accesible.
  • La Policía Local desmantelan asentamientos improvisados y patrullan jardines públicos, convirtiendo la presencia de los más pobres en un problema de orden antes que de justicia.
  • Un documental cooperativo, Històries d'anada i tornada, emerge como contrapeso narrativo: una apuesta por humanizar lo que los parlamentos han decidido ignorar.
  • La crueldad institucional avanza en dos frentes simultáneos —el europeo y el local— normalizando la expulsión como única respuesta política a la pobreza y el desplazamiento.

En Mallorca no falta trabajo, pero sí lugares donde vivir sin arruinarse. Aun así, centenares de personas —solas, en pareja, familias enteras— terminan en un banco de plaza, bajo un árbol o en una caravana en las afueras. La Policía Local tiene instrucciones claras: cuando encuentra a alguien durmiendo en un parque, interviene. Desmantelan asentamientos, patrullan jardines. La pregunta incómoda persiste: ¿cómo es posible que haya gente en la calle en una isla con pleno empleo?

La respuesta que ofrecen los gobiernos, tanto el local como el continental, es siempre la misma: expulsarlos. La semana pasada, el Parlamento Europeo lo hizo explícito. Más de cuatrocientos diputados votaron para endurecer las políticas de retorno migratorio, aplaudieron la creación de centros de deportación fuera de la Unión Europea y celebraron que las órdenes de expulsión se ejecuten de inmediato, sin demora ni apelación. Uganda, Túnez, Egipto: esos son los destinos que Europa reserva para quienes considera indeseables. Luego, esos legisladores volvieron a sus casas satisfechos.

Lo que ocurrió en Estrasburgo fue crueldad institucional disfrazada de política. No molesta el migrante con recursos; lo que incomoda es el pobre, el que llega sin red de contención. Contra ese, la maquinaria estatal se activa sin titubeos.

En medio de tanto odio sistematizado, existe un contrapeso. El documental Històries d'anada i tornada, producido por el medio cooperativo Enfant Terrible junto a Revista Posidònia con apoyo del Fondo Menorquín de Cooperación, ofrece otra perspectiva: no un grito de protesta, sino una invitación a recordar que detrás de cada cifra hay una vida y detrás de cada expulsión, una historia. Cuando los parlamentos votan la indiferencia y los gobiernos desmantelan campamentos, contar esas historias se convierte en un acto de resistencia.

En Mallorca, donde el desempleo no es la excusa, hay cada vez menos lugares donde vivir con dignidad y sin arruinarse. Pero hay historias peores. Personas solas, parejas, familias enteras echadas de sus casas terminan donde caben: en un banco de plaza, bajo un árbol, en una caravana estacionada en las afueras. Centenares de ellos buscan simplemente un rincón donde descansar el cuerpo agotado.

La Policía Local del alcalde Martínez tiene instrucciones claras. Cuando ve a alguien durmiendo en un parque, interviene. Desmantelan los asentamientos improvisados. Patrullan los jardines, los espacios públicos donde se concentran las personas sin hogar. La pregunta que flota en el aire es incómoda: ¿cómo es posible que haya gente viviendo en la calle en una isla donde hay trabajo? La respuesta que ofrecen los gobiernos es siempre la misma: expulsarlos.

Pero el problema trasciende lo local. La semana pasada, el Parlamento Europeo mostró su verdadera cara. Más de cuatrocientos diputados y diputadas, procedentes de las bancadas de derecha y extrema derecha, votaron a favor de endurecer las políticas de retorno de migrantes. Aplaudieron la creación de nuevos centros de deportación en países fuera de la Unión Europea. Celebraron la idea de que las órdenes de expulsión se ejecuten de inmediato, sin demora, sin apelación. Uganda, Túnez, Egipto: esos son algunos de los destinos donde Europa quiere enviar a quienes considera indeseables. Después, esos legisladores volvieron a sus casas amplias y perfumadas, satisfechos de haber cumplido.

Lo que sucedió en Estrasburgo fue un despliegue de crueldad institucional disfrazada de política. No molesta el migrante rico, claro está. Lo que incomoda es el pobre, el que llega sin dinero, el que busca trabajo, el que no tiene red de contención. Contra ese, la máquina estatal se pone en marcha.

En medio de tanto odio sistematizado, existe un contrapeso. El documental Històries d'anada i tornada, producido por el medio cooperativo Enfant Terrible junto con Revista Posidònia, con apoyo del Fondo Menorquín de Cooperación, ofrece otra perspectiva. No es un grito de protesta. Es una invitación a pensar, a recordar que detrás de cada cifra hay una vida, detrás de cada expulsión hay una historia. En un momento donde los parlamentos votan la indiferencia, donde los gobiernos locales desmantelan campamentos, donde la crueldad se normaliza, un documental que cuenta historias de ida y vuelta es más que cine. Es un acto de resistencia.

¿Cómo puede ser que viva gente en la calle en una isla con pleno empleo?
— Reflexión editorial sobre la contradicción en Mallorca
La Conversación del Hearth Otra perspectiva de la historia
Inventor

¿Por qué el Parlamento Europeo votó a favor de estas medidas si sabemos que la migración es compleja?

Model

Porque la complejidad no vende. La expulsión inmediata, la dureza, el rechazo sin matices: eso es lo que gana elecciones. Cuatrocientos diputados eligieron la simplicidad del odio.

Inventor

¿Y qué tiene que ver Mallorca con todo esto?

Model

Mallorca es el espejo. Aquí ves lo que pasa cuando la política de expulsión se ejecuta a nivel local. Personas sin hogar en las calles, operativos policiales, desalojos constantes. Es la misma lógica, solo que en una isla.

Inventor

¿Cómo es posible que haya personas sin hogar si hay pleno empleo?

Model

Porque el empleo no garantiza vivienda. Los salarios no alcanzan. Los alquileres son imposibles. El trabajo existe, pero no es suficiente para vivir con dignidad.

Inventor

¿Qué rol juega el documental en todo esto?

Model

Es un recordatorio de que existen otras formas de contar estas historias. No como números, no como obstáculos, sino como vidas. Historias de ida y vuelta, de personas que se mueven, que buscan, que persisten.

Inventor

¿Crees que esto va a cambiar?

Model

No sin presión. Sin documentales, sin cooperativas, sin gente que se niegue a mirar hacia otro lado. La máquina estatal sigue funcionando. Pero mientras haya quien cuente historias, hay esperanza.

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