El cerebro humano envejece de forma inevitable, pero la velocidad de ese deterioro está, en buena medida, en nuestras manos. Expertos en neurociencia identifican cinco hábitos cotidianos —el sedentarismo, el exceso de pantallas pasivas, el tabaco, el azúcar y el aislamiento social— que aceleran la pérdida de volumen y conectividad cerebral que comienza a manifestarse a partir de los 40 años. En un tiempo en que la longevidad se alarga pero no siempre se acompaña de lucidez, la ciencia ofrece un recordatorio antiguo: lo que hacemos cada día construye o erosiona quiénes seremos mañana.