Desde la Universidad de Tsukuba, en Japón, un equipo de científicos ha trazado un puente inesperado entre el Sol y el suelo que pisamos: la radiación solar, con variaciones térmicas de apenas décimas de grado, parece capaz de alterar la fragilidad de las rocas y la presión en las fallas sísmicas, correlacionándose con terremotos superficiales a lo largo de los ciclos de manchas solares de once años. Este hallazgo no solo desafía el supuesto de que los terremotos son asuntos puramente internos de la Tierra, sino que invita a la sismología a mirar hacia el cielo para comprender mejor lo que ocur