En los laboratorios del Instituto Skolkovo de Rusia, un grupo de científicos ha trazado con matemáticas y biología lo que la filosofía y la religión han debatido por siglos: el horizonte de la vida humana. Su conclusión, publicada en NPJ Ageing, no promete inmortalidad sino un límite concreto —entre 146 y 194 años— impuesto no por la enfermedad ni el azar, sino por la naturaleza misma de existir: cada célula que se divide, cada molécula que metaboliza energía, deja una huella irreversible en el ADN. El hallazgo no cierra la puerta a la longevidad extraordinaria, pero sí le pone nombre y número