Entre las fronteras de Kazajistán y Uzbekistán, el fantasma de un mar desaparecido sigue cobrando deudas climáticas que el mundo apenas comienza a contabilizar. Investigadores españoles han documentado que el lecho seco del mar de Aral ha liberado 748 millones de toneladas de CO₂ desde su desecación, fruto de una decisión soviética de los años sesenta que desvió los ríos para regar algodón. Ante este legado invisible, la ciencia propone lo que parece imposible: devolver el agua al desierto, sellando el suelo para silenciar a los microorganismos que hoy convierten siglos de carbono acumulado en