Más del 90 por ciento de lo que vive allí es completamente nuevo para la investigación humana
En las profundidades del Pacífico, a más de cuatro mil metros bajo la superficie, reposan nódulos minerales formados durante millones de años que contienen los elementos esenciales para la transición energética global. Su extracción prometería reducir el daño humano y ambiental de la minería terrestre, pero amenazaría ecosistemas abisales donde más del noventa por ciento de las especies conocidas son nuevas para la ciencia. La humanidad se encuentra ante una paradoja que define nuestra era: la posibilidad de que el camino hacia un futuro limpio exija destruir mundos que aún no hemos aprendido a leer.
- La demanda global de cobalto, níquel y manganeso para baterías eléctricas ha convertido el fondo del Pacífico en un nuevo frente de la economía energética mundial.
- Más del 90% de las 5.578 especies identificadas en la zona Clarion-Clipperton son desconocidas para la ciencia, y muchas dependen exclusivamente de los nódulos como único sustrato de vida posible.
- Empresas mineras y países con licencias de exploración presionan para iniciar extracción comercial, argumentando que el océano profundo es menos dañino que las minas terrestres en el Congo.
- Decenas de naciones y cientos de científicos exigen una moratoria precautoria, advirtiendo que los impactos ecológicos reales de esta actividad son aún completamente desconocidos.
- La Autoridad Internacional de los Fondos Marinos debe redactar un Código de Explotación bajo presión simultánea de intereses económicos y científicos, sin consenso ni datos suficientes para decidir con certeza.
A miles de metros bajo el Pacífico, entre México y Hawái, yacen nódulos minerales del tamaño de una manzana que contienen manganeso, níquel, cobalto y cobre: los mismos elementos que alimentan las baterías de vehículos eléctricos y los sistemas de energía renovable. La zona Clarion-Clipperton, una llanura abisal de seis millones de kilómetros cuadrados, se ha convertido en el centro de una tensión que define nuestro tiempo.
Las empresas mineras argumentan que explotar estos depósitos submarinos reduciría la dependencia de la extracción terrestre, especialmente del cobalto congoleño, cuya producción ha generado costos humanos devastadores. El océano profundo, sostienen, ofrece una alternativa más abundante y menos destructiva para las comunidades terrestres.
Sin embargo, un análisis de 2023 del Museo de Historia Natural de Londres reveló que de las 5.578 especies animales identificadas en la zona, más del 90% son completamente nuevas para la ciencia. Esponjas de vidrio, corales y pepinos de mar dependen de los nódulos como único hábitat posible. Retirar esas rocas significaría destruir ecosistemas que tardarían millones de años en reconstituirse.
La Autoridad Internacional de los Fondos Marinos, organismo de la ONU con sede en Jamaica, debe redactar el Código de Explotación que regulará la minería comercial en aguas internacionales. Frente a ella, una coalición creciente de países —Francia, Alemania, Brasil, Chile, Fiyi, Palaos y otros— junto con cientos de científicos, exige una moratoria precautoria hasta comprender los impactos reales.
Lo que se decide en los próximos meses no es solo una cuestión de minerales: es una pregunta sobre si la transición energética global puede construirse sin sacrificar lo que aún no conocemos.
A cuatro mil quinientos metros bajo la superficie del Pacífico, en una llanura abisal que se extiende entre México y Hawái, yacen rocas del tamaño de una manzana que podrían transformar la economía global de la energía limpia. Estos nódulos polimetálicos —depósitos minerales formados durante millones de años por la precipitación lenta de metales disueltos en el agua marina— contienen manganeso, níquel, cobalto y cobre, los mismos elementos que hacen funcionar las baterías de los vehículos eléctricos y los sistemas de almacenamiento de energía renovable que el mundo necesita para abandonar los combustibles fósiles.
La zona Clarion-Clipperton, una llanura de seis millones de kilómetros cuadrados que cubre aproximadamente el ancho de los Estados Unidos continentales, se ha convertido en el epicentro de una tensión global que define nuestro momento: cómo transitar hacia tecnologías limpias sin destruir lo que aún no comprendemos. Las empresas mineras ven en estos depósitos submarinos una solución a un problema real. La extracción terrestre de cobalto, particularmente en la República Democrática del Congo, ha generado costos humanos y ambientales devastadores. El océano, argumentan, ofrece una alternativa más abundante que reduciría significativamente el daño a las comunidades y ecosistemas terrestres. El desafío técnico es formidable: extraer rocas de una profundidad donde la presión es extrema y la oscuridad es total.
Pero lo que hace que este dilema sea verdaderamente complejo es lo que los científicos están descubriendo en esa oscuridad. Un análisis de 2023 publicado por el Museo de Historia Natural de Londres recolectó muestras de aproximadamente 5.578 especies animales en la zona. De esas casi 5.600 especies, solo 436 habían sido nombradas y descritas formalmente por la ciencia. Más del 90 por ciento de lo que vive allí es completamente nuevo para la investigación humana. Esponjas de vidrio, pepinos de mar adaptados a presiones que aplastarían cualquier organismo terrestre, corales que necesitan la superficie dura de los nódulos para fijarse y sobrevivir. Muchos de estos organismos no tienen otro lugar donde vivir. Si se retiran las rocas, se destruiría su único hábitat posible, y ese hábitat tardaría millones de años en volver a formarse.
La responsabilidad de navegar este conflicto recae sobre la Autoridad Internacional de los Fondos Marinos, un organismo autónomo de las Naciones Unidas con sede en Jamaica. Esta institución enfrenta una presión sin precedentes. Debe redactar el Código de Explotación que establecerá legalmente cómo y cuándo comenzará la minería comercial en aguas internacionales. Simultáneamente, decenas de países —Francia, Alemania, Brasil, Chile, Costa Rica, Ecuador, Fiyi, los Estados Federados de Micronesia, Palaos, Samoa, Vanuatu y Tuvalu— junto con cientos de científicos, exigen una moratoria precautoria. Su argumento es simple pero contundente: no sabemos lo suficiente sobre los impactos ecológicos reales de esta actividad en el océano profundo para permitir que comience.
Lo que está en juego es más que minerales o dinero. Es una pregunta fundamental sobre cómo construimos un futuro sostenible cuando el costo de la sostenibilidad podría ser la destrucción de ecosistemas que apenas estamos comenzando a conocer. La decisión que tome la Autoridad Internacional de los Fondos Marinos en los próximos meses determinará si la transición energética global se construye sobre la explotación de un nuevo territorio o si el mundo elige esperar hasta comprender verdaderamente lo que podría perder.
Citações Notáveis
Las empresas mineras argumentan que la extracción terrestre tiene un alto coste humano y ambiental, y que el océano ofrece una alternativa más abundante que reduciría el coste de derechos humanos en la cadena de suministro— Posición de la industria minera
Decenas de países y cientos de científicos exigen una moratoria o pausa precautoria hasta que se comprendan mejor los impactos ecológicos de esta actividad en el océano profundo— Posición de países y comunidad científica
A Conversa do Hearth Outra perspectiva sobre a história
¿Por qué estos nódulos son tan valiosos si están tan profundos y difíciles de alcanzar?
Porque contienen exactamente lo que necesitamos para abandonar el petróleo. Cada batería de vehículo eléctrico, cada sistema de almacenamiento de energía solar, requiere estos metales. Extraerlos del océano evitaría minar más cobalto en Congo, donde hay costos humanos reales.
Pero si más del 90 por ciento de las especies allí son nuevas para la ciencia, ¿cómo sabemos qué estamos destruyendo?
Exactamente. No lo sabemos. Eso es lo que asusta a los científicos y a los países que piden una pausa. Estamos a punto de industrializar un ecosistema que apenas hemos explorado.
¿Cuánto tiempo tardaría ese hábitat en recuperarse si se extrae?
Millones de años. Los nódulos se forman durante millones de años. Si los sacas, el ecosistema que depende de ellos desaparece en meses. La escala de tiempo es completamente desproporcionada.
¿Quién tiene el poder de detener esto?
La Autoridad Internacional de los Fondos Marinos. Tienen que escribir las reglas. Pero están bajo presión de ambos lados: la industria que quiere extraer, y los países y científicos que quieren esperar.
¿Hay alguna alternativa?
Mejorar la reciclaje de baterías, desarrollar nuevas tecnologías que usen menos de estos metales, extraer de forma más selectiva. Pero todas son soluciones lentas, y el mundo quiere vehículos eléctricos ahora.