En los laboratorios de Harvard, el tiempo dejó de ser un obstáculo infranqueable para la neurociencia: durante casi seis años, cerebros en miniatura cultivados a partir de células madre no solo sobrevivieron, sino que registraron su propia historia de desarrollo mediante relojes epigenéticos inscritos en el ADN. Este hallazgo revela que las células cerebrales poseen una memoria intrínseca del tiempo transcurrido, capaz de persistir incluso tras ser desagregadas y reensambladas. En un órgano que tarda dos décadas en madurar y que resulta casi imposible de observar desde adentro, estos organoide