En las aguas frente a Nueva Gales del Sur, el 28 de julio, una cámara suspendida en el aire fue testigo de algo que la ciencia apenas había rozado tres veces en toda su historia: el nacimiento de una ballena jorobada. Lo que comenzó como una misión rutinaria de documentación migratoria se convirtió en un registro sin precedentes del instante más vulnerable de una especie que, hace no mucho, estuvo al borde de desaparecer. En ese primer respiro capturado desde el cielo reside tanto la fragilidad de la vida como la promesa de lo que la conservación puede lograr.